Archivo

Archive for 30 agosto 2009

La era de la maldad abstracta

30 agosto 2009 2 comentarios

Cuando yo era chico los buenos eran buenos buenísimos, y los malos eran malos malísimos. La caracterización de la maldad era ingenua y bastante suave. Así, en Los Aristogatos, el malo malísimo era un mayordomo celoso de unos gatitos porque iban a heredar la fortuna de su ama en su lugar, y el malo de Batman era un loco que quería simplemente hacer daño por puro placer, dedicándose a poner acertijos que anunciaban su próxima fechoría, o un científico atormentado porque no había podido salvar a su esposa de una muerte infame, y entonces vengaba su dolor contra el mundo. También estaban los malos monstruosos y freaks, como El Hombre de Arena, El doctor Octopus, Misterio o El Rinoceronte. Casi siempre mentes brillantes que a las que un experimento fallido transformaba en adalides del crimen organizado. En esa época también, otros buenos buenísimos, como por ejemplo Supermán, luchaban aún contra simples ladrones de bancos, o malos de pacotilla que, amparados tras un invento destructivo, reclamaban al mundo libre una recompensa sustanciosa a cambio de no ejercer su maldad. Por supuesto, no faltaban los malos fanáticos, como los nazis o cualquier otro malo que atentase contra la democracia y la libertad. Los malos se movían por el gusto de la maldad y por dinero.

Más adelante, cuando empecé alcanzar la frontera de mi primera decena de años, los buenos seguían siendo buenos buenísimos, que solamente ejercían su bondad por el puro gusto de hacerlo, mientras que los malos empezaron a cambiar. La sociedad perdía inocencia y se hacían necesarios malos más amenazadores, más terribles y con más apoyo en la realidad. Aparecieron los malos del este, los rusos duros y los alemanes fanáticos, que eran malos sencillamente por puro odio. Eran malos contra los países libres, y querían dominar el mundo. También aparecieron los malos que eran malos solamente por poder. Entonces Darth Vader subyugó al mundo entero: un malo novedoso, de voz profunda y maldad infinita. Los malos empezaron a no tener reparos en matar, y a intentar, cada vez con más frecuencia, dominar el mundo. Las tramas de su maldad giraban en torno al odio a la libertad. Luke Skywalker era el prototipo del bueno buenísimo, tan bueno que ni siquiera se quedaba con la chica ni el botín, y estaba dispuesto a dar su vida por la libertad y por sus amigos, en ese orden. Tan bueno que, a pesar de tener la oportunidad, no era capaz de matar al malo malísimo. Bajo la sombra de Vader, los malos empezaron a tener recurrentemente una característica física que los hacía inconfundiblemente malos: los dientes podridos, o un parche en el ojo, o sencillamente pura fealdad como prueba de su vileza.

Leer más…

Así es la vida

28 agosto 2009 3 comentarios

Antes de tener hijos yo pensaba que todo iba a ser maravilloso cuando llegaran. Y que se me entienda bien, el pretérito del verbo pensar no quiere decir necesariamente que ya no crea que son de las mejores cosas que hubo, hay y habrá en mi vida. Simplemente significa que pienso que hay una parte oscura del asunto, algo que, por alguna razón misteriosa, todos los padres nos empeñamos en callar y en no advertir a quienes se embarcan sin saberlo en el viaje de los hijos. Es como si al descubrirlo, de alguna forma perversa y secreta, quisiéramos dejar que cada uno se estrelle solo contra la realidad y descubra sin ayuda que no todo es maravilloso, que la falta de sueño a veces te agobia, que la paciencia que creías que iba a ser infinita de repente se revela sorprendentemente corta, y sobre todo, que  a medida que tus hijos crecen, descubres en ellos cosas que no te gustan, y esas cosas no hacen más que reflejar las que no te gustan de ti mismo, con una exactitud asombrosa y terrible, una precisión calcada de tus defectos y tus miedos, sumados a los de su otro progenitor. Ellos tienen todo lo bueno y todo lo malo de ambos, y quizás por eso a medida que pasan los años los niños son cada vez más inteligentes y más rápidos, y también más terribles e inmanejables.

Leer más…

Capítulo Pi 19. (Acción en Barcelona, 2009)

28 agosto 2009 3 comentarios

Estoy en casa de Nadja, haciendo tiempo mientras se viste, maquilla, desviste, vuelve a vestirse, cambia algo, retoca otra cosa y modifica lo de más allá. Abro la nevera, y está tristemente vacía, a excepción de medio limón, un tupper de contenido misterioso que decido no arriesgarme a abrir y un cartón de leche rica en Ácidos Grasos Omega 3. Pareciera ser una ley de la mercadotecnia moderna que cuanto más estrafalario sea el nombre y más recuerde a algo asqueroso, los consumidores lo interpretarán como algo bueno en forma masiva. Leer más…

Capítulo Pi 12. (Acción en Barcelona, 2009)

28 agosto 2009 Deja un comentario

05:25. Entresueño, otra vez. Sonrío para mí mismo mientras pienso que los minutos son el cuadrado de la hora. Calculo rápidamente la serie: 01:01, 02:04, 03:09, 04:16, 05:25, 06:36, 07:49, y entonces intento adivinar cómo reaccionaría el sistema numérico horario para el siguiente elemento de la serie. Correspondería 08:64, pero el sistema no lo soporta, así que me pregunto si el siguiente elemento sería 09:04 o su cálculo produciría un overflow. Es un caso típico en que una simulación basada en un sistema decimal, y por lo tanto necesitado de programación para emular las reglas internas de un reloj, obtendría una solución diferente por cada programador que intentase codificarla. Una vez más, he dormido mal. Puedo sentir en el inicio de la garganta un sabor agrio y rasposo que evidencia demasiado tabaco y alcohol la noche anterior, y por mi cerebro no alcanza a tomar plena forma la idea de ir a la cocina a buscar una coca-cola bien fría. Contra el paradigma dominante en el saber popular español, los azúcares de las bebidas carbonatadas son mucho más efectivos que el alcohol contra una resaca potente. El resto de los subsistemas de mi cuerpo que representan cada uno de los sentidos básicos comienzan a responder al Wake-Up adelantado que estoy experimentando, y mi tacto reporta rápidamente dos incidencias al sistema central.

1)   Estoy completamente desnudo.

2)   Las sábanas están demasiado arrugadas para una cama en la que ha dormido una sola persona, y una fuente de calor cercana aún no identificada corrobora esta tesis.

El subsistema olfato, casi al mismo tiempo, detecta restos de olor a sexo y feromonas en el aire. Giro la cabeza hacia la izquierda, y el subsistema vista informa que a mi lado hay un bulto cuya morfología más probable se corresponde a un ser humano del sexo femenino, teniendo en cuenta la curva de la cintura y el pelo largo y rubio que cubre la nuca que tengo delante de la nariz. El sistema de gestión de persistencia recupera la información de la noche anterior, luego de que un proceso de reconstrucción repare los daños producidos por el alcohol, y súbitamente todo aparece claro. Es Nadja. Está en mi cama. Tuvimos sexo. Mucho sexo. Me gustó. La invité a dormir. Aceptó. Nos dormimos abrazados. El cálculo de probabilidades sugiere que querrá que desayunemos juntos. Kernel panic!

Ya es de día. Estoy en pleno funcionamiento y aún no sé qué voy a hacer cuando Nadja se levante, aunque tengo preparadas las cuatro cápsulas Dolce Gusto necesarias para dos Cappuccinos y estoy cortando rebanadas de una cuña de queso, intentando sin demasiado éxito que cada una de ellas tenga un espesor de entre 1,5 y 2,3 milímetros y que conserven la forma triangular característica, mientras dispongo en orden seis rebanadas de pan de molde esperando turno para la tostadora y verifico que la aceitera está llena. Nadja aparece en la puerta de la cocina. Viste solamente una camiseta mía, que afortunadamente le queda enorme, por lo que le cubre hasta la mitad de los muslos. La idea de que está desnuda debajo de la camiseta me incomoda, me turba y puedo sentir una oleada de sangre acudir al llamado de mi entrepierna. Está despeinada y tiene los ojos y los labios hinchados de dormir. El conjunto, sin embargo, es terriblemente seductor.

–      MmmBuenos días – dice, aproximadamente medio segundo antes de estamparme un beso en los labios.

–      Hola. ¿Has dormido bien?

–      Genial – pesca una rebanada de queso y la monta de cualquier forma sobre otra de pan de molde, sin tostar y sin aceite, lo que me irrita secretamente y me resulta antigeométrico, si es que existe la palabra.

–      Espera, que está sin tostar.

–      No importa, me apetece un montón así. ¿Preparas café?

–      Claro.

Me frota una mano por la espalda, antes de volver hacia el salón rumiando su pan con queso. Me pongo a manipular nerviosamente la cafetera y su puto sistema de cápsulas, perillas y chorritos que sueltan vapor, mientras intento identificar el momento preciso de la noche en el que me pareció buena idea invitarla a casa.

Capítulo Pi 10. (Acción en Barcelona, 2009)

28 agosto 2009 Deja un comentario

–:–. Decidí apagar la proyección de números en el techo, al menos por esta noche, pero eso no me quitó el insomnio. Esta es la tercera (¿la cuarta?) vez que me despierto esta noche, y estoy agotado. Puedo sentir cómo ocurre la sinapsis entre mis neuronas cerebrales, espesa, pastosa, un intercambio eléctrico varios nanosegundos más lento de lo que debería ser. No soy capaz de generar en este momento la corriente eléctrica para que todo funcione como debería. La lógica de fluidos de mi cuerpo está alterada, algo en mí viaja adelante y atrás en el tiempo, alterando los intercambios energéticos, los procesos mitóticos y los movimientos citoplasmáticos de mi estructura celular.

Mientras despunta el alba inicio mis rituales matutinos de café, azúcar y tabaco. La Dolce Gusto me entrega su brebaje aséptico, jugo exprimido de cápsula plástica sin ensuciar nada (llene el depósito de agua, conecte el interruptor, introduzca la cápsula de Cappuccino en la cazoleta y gire la palanca. Bébase el café). Cada bocanada de humo a esta hora me deja saber dolor en los pulmones, pero no hay nada como esto para despertarse. Es muy temprano así que decido ir caminando a la oficina. Me encierro en mi chaquetón de Caramelo y emprendo la subida por la Rambla del Raval. Esta es una hora extraña en Barcelona. Aún quedan en la calle putas dominicanas y rumanas ofreciendo mamadas de consuelo para cerrar una mala noche por unos cuantos euros,  mientras los últimos turistas borrachos regresan perjudicados a sus cuevas, evidencias de que en esta ciudad hay vida nocturna toda la semana. El metro ya está abierto, y en este paisaje urbano se integran de a poco maestras, dentistas, abogados, dependientes, vendedores y toda clase de víctimas del orden social, que van a trabajar temprano para entregar todo su esfuerzo a la continuidad del sistema bancario.

Tuerzo a la derecha por el Carrer del Carme para encontrar la Rambla y en seguida subo hacia Plaça Catalunya. El País de esta mañana habla de crisis. El de ayer hablaba de crisis. El de mañana hablará de crisis, y yo me pregunto cómo se determina una crisis colectiva y qué diferencia tiene con una crisis individual. Me siento en crisis. Tengo la sensación de que hace más de diez años que mi corriente de pensamiento no descansa un solo segundo, pero durante los últimos meses todo se ha agravado. Llevo veintidós semanas sin dormir profundamente más de dos horas seguidas, y empiezo a notar que mis reflejos retroceden, que la realidad va un segundo y medio por delante de mi conciencia y que todo a mi alrededor parece estar sumergido en disolvente refinado, en un líquido transparente de menor densidad que el agua. Las palabras son l e n t a s. Las palabras son el instrumento a través del cual se interpreta la vida, y si su significado transcurre más despacio que su sonido, no se puede evitar llegar tarde a la realidad. Cada vez tardo más en interpretar lo que está sucediendo ahora mismo. Soy capaz de ver a ese hombre que, maletín en mano se acerca rápidamente, preocupado por no llegar tarde a su trabajo, pero la decodificación de esa imagen no ocurre en mí hasta que el hombre se ha perdido en el metro, escaleras abajo. Y sin embargo el pasado es cada vez más nítido. En este mismo instante puedo revivir con altísima precisión el sabor esponjoso de las vainillas con leche tibia que me daba la abuela Rocío y su consistencia granulosa cuando se fragmentaban sobre mi lengua, y el tacto artificial de una alcancía de plástico negro con rebarbas en las junturas, que representaba la figura del Zorro, en la que inicié mis primeros ahorros cuando tenía cinco años. Puedo recordar con exactitud la primera vez que tuve conciencia de la edad, una tarde de domingo de 1980 en la que mi padre leía sentado en un sofá y yo jugaba en el suelo con bolitas de vidrio de colores y la casa estaba sorprendentemente silenciosa. Me acerqué a él.

–      ¿Qué leés, Papá?

–      Un libro – me respondió sin levantar la vista.

–      ¿Qué libro?

–      Se llama Historias de Cronopios y de Famas. No es para niños.

Él volvió a su lectura y yo pensé que los niños seríamos niños para siempre. No alcanzaba a abarcar el concepto de siempre, pero yo sería siempre niño, y Papá siempre sería Papá.

–      Papá, ¿vos cuántos años tenés? – pregunté. Yo sabía que tenía siete, y que Sofía tenía cinco y que Gabriel tenía nueve y Pablo solamente dos, por lo que esperaba un número significativamente mayor, por ejemplo quince o diecinueve. Mi padre se quitó los lentes de leer con la mano derecha y me miró por encima del libro. Sin saberlo, me reveló que los números eran mucho más de lo que yo podía intuir.

–      Tengo treinta y siete. – dijo, antes de volver a su lectura.

Capítulo Pi 02

28 agosto 2009 Deja un comentario

El café es casi un pedido de perdón por una mala noche más. Enciendo el primer cigarrillo del día mientras con una cucharilla confiscada de un vuelo de Iberia intento disolver demasiado azúcar. Son cuatro cucharadas colmadas. Las tres primeras las dejo caer en el centro exacto de la taza. La cuarta la sumerjo cargada, presionando por el centro el pequeño montón flotante, cuidando de no desbordar la taza. Por la ventana puedo ver como Barcelona se despereza. El barrio del Raval despierta a otro día de comercio, trapicheos y pequeños hurtos. Son calles angostas, y aún después de diez años de vivir aquí no me acostumbro a la antigüedad, a asomarme a la ventana y casi alcanzar con la mano la ropa tendida a secar de los vecinos de enfrente, a la actividad frenética de ecuatorianos, marroquíes y chinos que cada día se buscan la vida para aguantar un día más, a los turistas que pasean. Y sin embargo soy uno de ellos. Soy y no soy. Soy inmigrante, pero inmigrante blanco de ojos claros con papeles. Me cuesta integrarme, pero sin embargo vivo en una sociedad que acepta mucho más fácilmente a un argentino universitario que a un marroquí que vende alfombras. Y es raro, porque los ecuatorianos, marroquíes, chinos e inmigrantes venidos de todas partes que día a día se buscan la vida no me ven como a uno de ellos. Los catalanes y los españoles tampoco, aunque me aceptan más y mejor, porque no me ven como a un inmigrante. Yo soy necesario y aporto, pero no soy de aquí y nunca lo seré. Y entonces es cuando no sé bien cuál es mi papel ni qué estoy haciendo aquí. Es cuando me siento de ninguna parte y de todas un poco, cuando pienso que no puedo volver, que no sabría volver, que ya tampoco me siento de allá. ¿Cómo es que uno se diluye tanto en solo diez años? No son las respuestas, ni siquiera las preguntas. Es que el mundo parece estar en desorden, no encuentro nada donde se supone que debería estar. Desde que estoy aquí parece que tengo dos vidas. En una de ellas soy exitoso, trabajo, me gano bien la vida, disfruto del respeto de mis colegas y de la admiración de las personas que trabajan en mi equipo. En la otra giro como una tuerca con la rosca falseada, mi identidad es un misterio que no sé resolver del todo, y aquí no bastan las metodologías, la organización y la estructuración de los problemas. Esta otra vida comienza al anochecer, cuando salgo del trabajo y recorro las calles y bebo cervezas y fumo cigarrillos rubios y hablo con personas y no me acabo de entender con las personas y temo que se aproxime otra noche de insomnio y pienso en el pasado.

No sé cuál de las dos es real.

¿Lo son las dos?

Capítulo Pi 01 (Inicio de la novela)

28 agosto 2009 Deja un comentario

03:14. Abro los ojos y la cifra es irónica. Los números rojos en el techo marcan las tres y catorce minutos de la mañana. Pienso que no fue (¿qué no ha sido?) buena idea comprar un despertador que proyecte en rojo la hora en el techo. Debería poder evitar saber la hora hasta diez, doce veces por noche. Y para colmo, la hora es pi, precisamente pi. Un pensamiento fugaz se me cruza en duermevela, quizás sean exactamente las 03:14:16. Sonrío semidormido. No sé cómo llegué a esto. No sé cómo alcancé los treinta y cinco años con un puñado de manías detestables, insomnio crónico, escepticismo agudo, y un cuadro completo de paranoias múltiples.

Quizás deba revisarlo, quizás deba hacer un repaso de la serie de hechos, accidentes, mezquindades propias y ajenas, coyunturas, verdades a medias y mentiras completas que me llevaron hasta aquí, ciento diez años y dos continentes después. ¿Podría evitar darle un enfoque matemático a mi historia? ¿Soy capaz de no deducir conclusiones de premisas, de no buscar para todo una relación causa-efecto? ¿Puedo no someterme a una visión axiomática del pasado?

Me levanto. Mis pasos son inseguros, y aunque detesto no poder dormir de noche, hay algo casi agradable en el funcionamiento semi aletargado de mi cerebro, como si la falta de sueño, de algún modo, pudiese aliviar la presencia de los fantasmas que habitan el presente. El sonido líquido y la fragancia amoníaca de mi propia orina me distrae, mientras lentamente comienzo a percibir que el suelo está verdaderamente frío. Vuelvo a la cama y algo en mí no para de dar vueltas. Los pensamientos son como gatos juguetones, van y vienen, me arañan por dentro con sus juegos, me lastiman sin saberlo.

p                             a                             g                              d

06:34. El techo se vuelve azul pálido. Amanece.