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Archive for 26 septiembre 2009

Fotocopia de una fantasía

26 septiembre 2009 3 comentarios

isidoro9Hace un par de días, mi hijo Pablo charlaba con mi mujer. Ella le explicaba que cuando era niña, los dibujos animados eran en blanco y negro. Pablo, que no se calla ni debajo del agua, estaba sentado en el inodoro, intentando expulsar de su cuerpo los desechos, con unas gotitas de transpiración en la nariz, por el esfuerzo. Entonces, súbitamente, se le hizo la luz:

“Ah, tú veías las películas en blanco y negro porque eran fotocopias!”

Lo descubrió con la misma naturalidad con la que hace todo, una frescura que solamente tienen los niños, y no se paró a pensar en los inconvenientes técnicos del asunto, ni en la posibilidad de que quizás la ausencia de color se debiese a que, cuando nosotros éramos niños, el mundo era un lugar mucho más precario. Simplemente llegó a esa conclusión, e inmediatamente el tema dejó de preocuparle. Pero a mí me hizo pensar en las fantasías infantiles. Creo que tuve la suerte de tener una infancia fantasiosa, poblada, rica en mitos, leyendas y personajes, y ahora, siendo padre, me doy cuenta de que muchas veces los adultos, sin querer, limitamos la fantasía de los niños, o la reprimimos porque tenemos una mirada cargada de significados en technicolor del mundo real. Son las imágenes filtradas de una vida de grandes, censuradas, recortadas, amortajadas por la mirada pútrida de los noticieros y las guerras y la mierda de este mundo.

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Mis tetas

24 septiembre 2009 11 comentarios

Desde la infancia, una de las características de mi personalidad que los demás recuerdan – a su pesar – fácilmente, es un trastorno compulsivo que me obliga a contar chistes malos. No lo puedo evitar. Cuanto más malos son, más me gusta contarlos, más me río en el remate, y más disfruto con las caras de incomprensión de mis contertulios. Por supuesto, si a pesar de lo malo del chiste consigo hacerles reír, entonces me siento plenamente satisfecho, pletórico, diría yo; y la sombra negra de una serie infinita de chistes peores planea instantáneamente sobre la incauta audiencia.

Por supuesto, un trastorno semejante no se desarrolla espontáneamente. Tiene dos componentes fundamentales. El primero es hereditario: mi padre nos contaba chistes malos, y el padre de mi padre contaba chistes malos. Crecí escuchando chistes malos, porque además mi padre no solamente nos los contaba, sino que los repetía una y otra vez, agregando pequeños giros, haciéndolos más disfrutables, más intrincados, con más detalles. Y por supuesto, el segundo componente es el esfuerzo personal. Ninguno de mis hermanos desarrolló la compulsión del chiste malo, porque no se aplicaron lo suficiente. Son necesarias muchas horas y mucha fuerza de voluntad para retener en la memoria miles y miles de chistes malos, en perjuicio del espacio reservado para los recuerdos de familia, las fórmulas matemáticas para derivar e integrar o la lista de la compra.

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Concurso de relatos eróticos breves II: el resultado

23 septiembre 2009 1 comentario

Bueno, finalmente, aunque había invitado a mis lectores a leer los relatos para que pudieran votar, el concurso se adjudicó de otra manera, debido a las dificultades que había para hacer una votación pública garantizando la fiabilidad. Entre todos los autores decidimos que adjudicase el premio la organizadora del concurso, y debo decir que no solamente estoy conforme con el resultado, sino que creo que es justísimo y correcto.

Seguramente querrán saber si gané o no gané 🙂 No gané. Ganó un relato precioso, titulado El Fotógrafo, que pueden leer pinchando en el nombre. Sin embargo, estoy contento porque mi relato obtuvo una mención 🙂

Pueden leer la resolución completa del concurso pinchando aquí.

Gracias a todos por el apoyo y por haber leído mi relato. Estoy contento de haber participado.

Saludos, Pilux.

Barcelona, 23 de Septiembre de 2009

PILUX

El Aprendiz de Brujo y el gen psicoactivo de la maternidad española

22 septiembre 2009 10 comentarios

Si los argentinos y los españoles somos taaaaaan parecidos o taaaaan diferentes es uno de los temas que he escuchado discutir hasta el agotamiento desde que llegué a la Península Ibérica. Personalmente me preocupa poco quién le pone más ajo a las comidas, o si los argentinos hablamos más dulce o los españoles gritan más, si en el Subte huele mejor que en el Metro o si el dulce de leche es más rico que la leche condensada (aunque esto último es absolutamente indiscutible). Soy genéticamente inmune a este tipo de comparaciones, y en general la práctica del deporte Si es mejor allá o es mejor acá sinceramente me aburre por completo. Sin embargo, desde que llegué a Barcelona en el año 2000, me he interesado por las evidentes diferencias culturales, pero con ánimo científico en lugar de comparativo. Me divirtió descubrir que currar significa trabajar para los españoles, mientras que para nosotros es robar, o que chichi es, en argentina, una forma cariñosa e ingenua de designar a una mujer, mientras que del lado español es una clara referencia vaginal. Podría citar un millón de ejemplos de pequeñas diferencias que me he dado a contemplar durante estos años, pero hay cosas que merecen más mi atención, al menos hoy.

Hasta que tuve hijos no me di cuenta de que las madres españolas tienen un gen heredado de sus madres, que a su vez heredaron de sus madres, y que les condiciona la visión general de todo lo relacionado con el crecimiento, salud y alimentación de sus hijos. Es superior a sus fuerzas, no pueden, ni quieren, ni aunque lo desearan con toda su alma, serían capaces de sustraerse al poderoso gen ibérico de la maternidad. Además, aunque mis conocimientos de historia del viejo continente son relativamente pobres, me atrevo a especular sobre la Guerra Civil Española, y deduzco que la hambruna sufrida por madres y abuelas de las mujeres que son ahora madres, produjo una mutación genética heredable que es la responsable de algunos de los fenómenos observables en las madres Hispánicas.

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¿Maniático yo?

20 septiembre 2009 3 comentarios

Cuando era niño sentía predilección por los juegos tranquilos, lo que me valió el dudoso honor de ser siempre elegido en último lugar para jugar al fútbol, a tirar de la cuerda, a monta Cachurra, la burra, la monto yo, al rango y en general a cualquier entretenimiento de carácter esencialmente físico que se disputase por equipos. No es que me importase demasiado, pero sí que me daba un poco de rabia. Sobre todo porque bajo ningún esquema de categorización de personas podía ir en último lugar, salvo por fuerza física. Si elegían por orden alfabético, mi apellido con F me garantizaba estadísticamente estar en la primera mitad. Si era por altura (de mayor a menor, o viceversa), mi tamaño promedio volvía a ofrecer un seguro similar. Por inteligencia estaba seguro de ser de los primeros, no tanto por convencimiento personal como por la insistente repetición de los adultos al respecto. La belleza era un baremo que ni siquiera consideraba en esa época (menos mal).

Dadas las circunstancias, la mayoría de mis amigos eran de los primeros de la clase, eran poco populares, les pegaban en el recreo (nos pegaban en el recreo) e invariablemente llevaban gafas (estigma del que, a pesar de castigar a mis pupilas con muchas horas de exposición a diversas tecnologías de fósforo, cañones de electrones, lcd o tubos de rayos catódicos, aún hoy estoy libre de llevar), y por lo tanto tampoco eran especialmente aficionados a dar patadas ni correr ni saltar ni, en general, cualquier actividad que requiriese de las glándulas sudoríparas para enfriar la superficie de contacto con el mundo, a excepción de mi gran amigo Pedro Palacios, del que ya hablaré más adelante en otros posts. Evidentemente, mis actividades lúdicas infantiles, se centraban en su mayoría en juegos con elementos generalmente correspondientes a una misma familia geométrica. Es decir, naipes, piezas, cubos, bolas, puzzles, etc. Todos clasificables y casi siempre predecibles en el contexto de una serie de objetos cuya morfología era igual o similar.

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El Aprendiz de Brujo y el pecado de la vanidad

19 septiembre 2009 3 comentarios

Una de las principales (y de las pocas) ventajas de no ser religioso es que uno solamente rinde cuentas de sus pecados a su propia conciencia, y, en todo caso, a los posibles perjudicados por la actividad pecaminosa. Hace poco más de tres semanas, cuando empecé a escribir este blog, hablaba en el post La verdad de la milanesa de las razones que me llevaron a hacerlo. Acabo de releer ese post, y si bien todo lo que escribí en el es cierto, faltan razones y argumentos. Quizás porque son mas privados, quizás porque pueden resultar vergonzosos, o quizás porque cuando escribo las entradas del blog tengo diferentes estados de ánimo y esos estados de ánimo se ven inevitablemente reflejados en los textos que me salen.

Siempre pensé que quienes escribimos con el deseo o la ilusión de ser leídos por los demás (hay muchísimas personas que lo hacen para sí mismos) escondemos un fondo de vanidad en el acto mismo de la escritura. No necesariamente es algo malo, ni condenable. Ni siquiera algo de lo que uno debería avergonzarse, aunque parezca lo contrario. Simplemente pienso que solamente el hecho de creer que a otras personas (sí, en plural) puede llegar a interesarles leer regularmente lo que uno tiene que decir, es de por sí un acto que implica cierta dosis de vanidad, sea o no refrendado por el interés real de los lectores.

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Capítulo Pi(-06). Acción en Barcelona, 2006.

19 septiembre 2009 Deja un comentario

Conocí a Carla por casualidad, en un bar. Fue el viernes 30 junio de 2006, y los argentinos vagábamos desesperados por las calles buscando lugares donde ver las pobres actuaciones de nuestra selección en el mundial de Alemania. Había salido solo de casa, sin demasiadas esperanzas de pasarlo bien, ni de que el equipo nacional acabara de jugar bien en un mundial en el que, a pesar de estar en cuartos de final, el juego había sido pobre y decepcionante. Finalmente encontré un bar en Sagrada Familia, pequeño y sucio, que en la puerta tenía una pizarra anunciando “Hoy Alemania – Argentina”. Faltaba más de media hora para el partido, así que me senté en una mesa para dos, pedí una cerveza y me dediqué a intentar predecir la dirección que tomaría el humo que desprendían las brasas de los tres cigarrillos que, uno detrás de otro, me ayudaron a matar el tiempo. El bar se llenó lentamente, como siempre que hay buen fútbol. La mayoría argentinos, y si bien me sentía solo, era una soledad arropada por esa hermandad que solamente el fútbol produce: profunda, fuerte, pero fugaz y volátil. Sabía perfectamente que al sonar el pitido final, automáticamente todos volveríamos a ser desconocidos.

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