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Casi casi atrapar una idea

lluviaEstaba sentado en el sofá, mirando por la ventana. Afuera, la lluvia diagonal que solamente aparece cuando el viento empuja su quejido transparente. Dentro, penumbra. Podía escuchar mi respiración, imaginando el aire entrar en mis pulmones, oxigenando mis glóbulos rojos. Era consciente de cada una de las fibras de mi carne en reposo, tensándose en el antebrazo para llevarme el cigarrillo a los labios, relajando el bíceps para dejarlo en el cenicero.

Pasó por mi cabeza el sonido alegre, de chispas pintadas de dorado, de la grasa de vaca burbujeando en la sartén, cuando los domingos de lluvia, por la tarde, mi viejo hacía tortafritas. Mis hermanos y yo alrededor, esperando ansiosos. Cucharadas de azúcar que se quedaba pegada en la masa grasienta y crocante, y el recuerdo material de sus manos de hombre en mis manos de niño, una barba oscura que ahora es entrecana. Los ojos, iguales. Lo demás, accesorio.

Me asaltó el recuerdo de una mano femenina investigándome la piel, la curiosidad manifiesta por delante del placer. Una calle del barrio de Palermo en otoño, alfombrada de hojas secas, algunas apelmazadas por lluvias esporádicas, otras combadas, arañando las baldosas sucias con sus uñas ocres, empujadas por el viento. Otra vez dedos de mujer, casi niña, sobre mis párpados, buscando debajo de mis ojos lo que no se transparenta, la verdad única que ni siquiera yo conozco.

Y una lengua húmeda de perro en la cara. Con olor a perro. A pelo sucio, un aliento dulzón, con reminiscencias de carne podrida entre los dientes, las patas sobre el pecho, una cola negra dibujando un vaivén, dos ojos marrones, infinitos, profundos, reflejo de gratitud a cambio de nada, una palmada en la cabeza. Mi perra volvió de la muerte para decirme que aún me adora, a pesar de que la tierra hace rato que absorbió sus huesos, su pelambre, su ternura de perro, su mirada pacífica.

Regresó a mi memoria una noche, hace algunos inviernos. Mi hijo Pablo pequeño. Tenía tos, el pecho cargado. Le pusimos una cebolla partida al medio al lado de la cama. Brujerías de abuela que hacen que respire mejor. Le dejamos una botella de agua. La noche es lenta. Se levantó, castigando el suelo con sus piecitos descalzos. Se pasó a nuestra cama. Traía en sus manos la cebolla, la botella de agua y su león de felpa. Metido en la cama con nosotros no necesitaba nada más.

Una noche en el patio de la casa de mi vieja, en San Telmo. Una manta bailando al compás del viento otoñal. Mis hermanos, luz amarilla y una cena rica. Que me voy a España, digo. No te vayas, dicen. Me voy, digo. Te apoyamos, dicen. Las voces mezcladas con los vasos que hacen tín tín. Varios pares de ojos que buscan el miedo en los míos, y encuentran ilusión. Y encuentran, también, miedo.

Un mediodía de verano se pasó también por mi sillón. Estaba en la estación de trenes de Retiro. Mi hermano Sergio con un sombrero, llevaba el pelo largo y una camiseta amarilla. Me agradeció los días que pasamos juntos. Se volvería a Brasil. Mis amigos, Pablo y Emilio. Mochilas y un tren rumbo al sur. Canciones y humo de marihuana y tabaco rubio. Vino en Tetra-brik acompañado de guitarras criollas. El inicio de un viaje que nos transformaría en más de lo que hoy somos. Amigos.

Una noche en una playa. Una noche de luna clara, y un faro tajeando la oscuridad con tres rayos de luz que giraban. La espuma sucia brillando a la luz de las hogueras y los faros de un camión alumbrando rostros amigos. Voces compitiendo con el sonido tranquilizador del mar. Tiempo fresco y un amanecer más. Gotas de rocío sobre la piel.

También se convocó a mi presente una fiesta en un bar, al final del invierno. Mucha gente. Mi padre tirando cerveza detrás de la barra. Música de fondo. El primer beso de mi mujer, antes de saber que nos casaríamos, que tendríamos hijos, una vida. Nada de perros. Una caminata por Barcelona a lo largo de una noche fría. Una despedida susurrada en los labios en un portal del barrio de Gràcia.

Volvieron a mí, sin aspavientos, las tardes de naipes en un patio de San Telmo, cuando aprendía a jugar al truco, y más tarde los dados a solas con mi madre, rumiando sordos sobre un paño verde para no perturbar la siesta, cargados de números de mala y buena suerte.

Y entonces pensé que es placentero dejarse invadir por la melancolía. Los buenos recuerdos tienen la virtud de asomarse solos, sin ser invocados, durante los momentos de paz. Pude adivinar bajo mi piel juventud, pude saber lágrimas por llorar en mis ojos, esperando su momento, y millones de sonrisas atrapadas en mis mandíbulas, pendientes de su turno. Pude intuir apretones de manos, abrazos por venir, magia silenciosa que todavía tengo por vivir, durante muchos años. Pensé también en mis hijos, en los hijos de mis hijos, y en sus hijos. Pensé que hacia atrás hay mucha hermosura, y hacia adelante muchas cosas buenas por vivir, mucho amor por utilizar sin prejuicio. Y entonces pensé en escribir sobre todo eso, pero algo pasó. No pude, y solamente me quedó en la piel y en la mirada una marquita más, la certeza de que esta tarde, casi casi atrapo una idea.

PILUX

 

 

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  1. Natalia
    22 octubre 2009 en 22:01

    Muy lindo.
    ¿dónde quedan las emociones? en el cerebro o en la comisura de los labios, en las lágrimas, en los músculos….. o en el alma.
    Es buena la memoria para saber que los recuerdos son siempre en presente.
    Un beso

    • 23 octubre 2009 en 10:14

      No sé muy bien donde quedan… la idea se me escapó 🙂 Pero es cierto que es sano e indiscutiblemente bueno para la vida tenerlas presentes.
      Beso,
      Aprendiz de Brujo

  2. Carlos
    23 octubre 2009 en 09:39

    Excelente, Pilo.
    Para releer muchas veces.

    • 23 octubre 2009 en 10:14

      Me alegra que te guste. Ayer estaba nostálgico 🙂

  3. LOLA
    24 octubre 2009 en 13:38

    Yo recuerdo un pibe de 16 años con una chamarra verde militar, que escuchaba a Los Redondos, fumaba continuamente y escribía mucho en una cuaderno de tapas duras. Y una tarde en casa sacó el cuadernito y me leyó un cuento policial genial (o sería el capítulo de un proyecto de novela policial???)No sé, no puedo recordarlo exactamente. Pero no importa, me da mucha alegría hoy mirar hacia atrás y ver que tuve el inmenso gusto de conocerlo alguna vez (aunque sea un poquito) Ya ves…me pegaste la nostolagia che. Un abrazo Pilux!!!!

    • 24 octubre 2009 en 14:44

      Cuidado, Lola, que la nostalgia se pega y es como esparadrapo, después no hay quien se la quite de encima. Y si vos tuviste ese placer, yo estoy teniendo el de encontrarte aquí, texto tras texto, fiel a lo que voy haciendo. Gracias!
      Abrazo,
      Aprendiz de Brujo

  4. Elizabeth
    24 octubre 2009 en 23:42

    No atrapes ideas… quedate así, con lo vivido!
    Un placer mi querido Pilo, un placer después de tanto tiempo, volver a “leerte”.

    • 25 octubre 2009 en 16:51

      Lo mismo digo, un placer tenerte por aquí! Un abrazo y estamos en contacto!

  5. Sigrid
    28 octubre 2009 en 10:05

    Buen apodo el de “Aprendiz de Brujo”, tus recuerdos “conjuran” los míos. Te leo, disfruto de tus palabras, de tus recuerdos e ideas y al mismo tiempo tus palabras me llevan a distintos lugares, me hacen pensar, rememorar, sentir… abren puertecitas que están llenas de tesoros. Eso es MAGIA, amigo.

    • 28 octubre 2009 en 11:40

      Qué sería de mí sin lectores así, mi querida Sigrid! La verdadera magia es que se puedan compartir estas cosas de esta manera. No deja de emocionarme, y cuanto más lo hago, mejor gustito me deja!
      Un abrazo,
      Aprendiz de Brujo

  6. 20 noviembre 2009 en 15:24

    Muy bueno ti espacio, te invito a conocer el mio y mis poemas y escritos en http://poemasdelalma2.blogspot.com

    • 21 noviembre 2009 en 16:25

      Gracias Tubeth!
      Prometo darme una vuelta por tu blog. Ya dejaré algún comentario por allí 🙂

      Saludos,
      Aprendiz de Brujo.

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