Archivo

Archive for 27 noviembre 2009

La Masacre de los Hipocampos

27 noviembre 2009 5 comentarios

Desde que tengo uso de razón – y no es que la use demasiado, porque mi mujer no me deja – en mi casa familiar (no la mía de adulto, sino la de niño) hubo, hay y siempre habrá animales de diversas razas, orígenes, familias y categorías. Para mí existen cuatro tipos de animales que pueden, dada una interpretación amplia del concepto, considerarse domésticos, a saber:

  • Mascotas: son los animales domésticos típicos, como los perros, gatos, conejos y algunas clases de loros. Con estos animales se da una relación vincular afectuosa, se genera una identificación positiva y hasta se parecen a sus dueños. Son cariñosos y rencorosos, como los seres humanos, traman pequeñas venganzas y grandes recompensas.
  • Bichos: en esta categoría clasifico las especies indiferentes, con las que se puede tener una convivencia pacífica, casi sin darse cuenta uno de que existe el otro, incluyendo, pero no limitándose a: hámsters, peces, canarios, tortugas y demás miembros del reino animal que casi podrían pasar por mobiliario. En general suelen ser inocuos, poco ruidosos y cómodos.
  • Fieras: animales salvajes que decididamente no están hechos para vivir fuera de su entorno natural, a pesar de tener, en algunos casos, capacidades empáticas parecidas a las de las mascotas. No se adaptan bien al medio urbano y hacen que tu casa huela como una jungla. En esta categoría encontramos a los primates pequeños (monitos), zorros, pumas, cuervos, tucanes, peces exóticos y venenosos, serpientes constrictoras y algunos roedores grandes.
  • Alimañas: son la clase de animales que una mujer nunca quiere tener en su casa. Fácilmente podemos encuadrar en esta categoría a culebras, serpientes, roedores varios, reptiles de todas las clases, arácnidos venenosos, murciélagos, escorpiones, cucarachas y especies semejantes. Son viles, agresivos o, en el mejor de los casos, indiferentes.

Leer más…

Anuncios
Categorías:Mentiras Verdaderas

Capítulo Pi 25. Acción en Barcelona, 2010.

25 noviembre 2009 Deja un comentario

Caminar es un bálsamo para el dolor de la memoria. No es que sea especialmente aficionado al ejercicio físico, pero Barcelona ofrece un paisaje espectacular al inicio de la primavera. Es fácil darse a la contemplación, tanto de piedra, argamasa y cemento como de huesos humanos revestidos de carne revestida, a su vez, de ropa, constituyendo una persona. Camino e intento concentrarme en los edificios, en los semáforos, en los desechos orgánicos, presumiblemente caninos, que esporádicamente agreden las suelas de los zapatos de los transeúntes incautos, en la fila interminable de mujeres bellas que caminan, algunas apresuradas, otras remoloneando en las vitrinas de los comercios, muchas esforzándose en extender la influencia de su propio halo de feromonas, y otras consiguiéndolo sin proponérselo. Camino a buen ritmo, y no lo hago para desplazarme ni para llegar a alguna parte. Ni siquiera lo hago por simular un rudimento de ejercicio físico para mi vida. Lo hago para mantener a raya a mis pensamientos que me acosan como soldados entregados al asedio del último enclave. Me hieren, se azuzan con el olor de mi propio miedo, por la visión de los poros de mi piel rezumando ese miedo, transpirándolo despacio. Más de un mes sin noticias de Nadja, y ya la antigua soledad termina de instalarse nuevamente, de poblar los espacios vacíos de mis días y mis noches. Solo entonces soy consciente de haber olvidado la cantidad enorme de minutos inútiles que tiene un día. De los cuatrocientos ochenta que la media de la población mundial utiliza para dormir, yo no suelo dormir más de trescientos. En vez de los otros cuatrocientos ochenta que la mayoría de las personas emplea en trabajar, yo suelo dedicar unos seiscientos treinta. Quedan, otra vez según la supuesta media, otros cuatrocientos ochenta para comer, divertirse, mirar televisión, ir al baño y querer a los demás. Esto quiere decir que si a los diez mil ochenta minutos que tiene una semana le quitamos los tres mil ciento cincuenta que dedico al trabajo, los dos mil cien que logro dormir y, digamos, doscientos cincuenta más de desplazamientos y conversaciones insulsas con personas a las que compro café, tickets de metro, barras de pan y cosas similares, quedan cuatro mil quinientos ochenta minutos a la semana durante los cuales dispongo de lo que sea que signifique hoy por hoy el tiempo libre. Cuatro mil quinientos ochenta minutos semanales a solas con mi cabeza que no se detiene, no para de revisar, calcular, repetir fórmulas, balancear inecuaciones, desgranar la realidad y emitir veredictos de culpabilidad en mi contra. Soy un acusado modelo, la fiscalía y la defensa a la vez, juez y parte y sin embargo siempre resulto culpable.

Leer más…

Dai Verde o la conveniencia de la iniciación temprana en la vida friki

22 noviembre 2009 5 comentarios

Los Aprendices de Brujo, fanáticos conversos, frikis de diversas calañas, jugadores de rol, programadores a sueldo y seguidores de Star Wars, El Señor de los Anillos o Harry Potter, entre otros estereotipos de dudoso origen, somos propensos a los rituales iniciáticos, los objetos de culto y las ceremonias nocturnas. Nos gusta ser el motor evangelizador de nuestra tribu urbana, sea cual sea, y ganar adeptos para nuestras causas inútiles, sean cuales sean. Ahora bien, cuando llega la paternidad, entonces comienza una guerra en paz con la madre de nuestros hijos, que intenta retrasar todo lo posible la iniciación de nuestros retoños en cualquiera de estas lides, y nosotros, entusiasmados, soñando con el momento de compartir, por primera vez, armados de un cuenco de pochoclo, frente a una pantalla lo más grande posible, aquéllas piezas de celuloide que hace treinta años nos dispararon la imaginación y el deseo de poseer poderes sobrenaturales con nuestros pequeños.

Considero que una de las virtudes de la edad adulta es la disminución de la vergüenza. A mí, por lo menos, hace años ya que no me da vergüenza reconocer públicamente mi afición por este tipo de sagas (espero que nadie tenga el mal gusto de nombrar Star Trek, que no le llega a Star Wars ni a la suela de los zapatos), o que leo con la misma concentración a García Márquez o a Paul Auster que los libros de Harry Potter o La Trilogía de Terramar. Simplemente considero que, a mi edad, es un derecho adquirido. Trabajo, pago mis impuestos, soy un ciudadano modelo y, por lo tanto, tengo derecho legítimo a invertir mi tiempo libre como mejor me parezca, y además, a adoctrinar a mis hijos en la senda de la profunda sabiduría de Yoda.

Leer más…

Sobre la crueldad de los niños y la nariz de mi tía

21 noviembre 2009 6 comentarios

“Es que los niños son crueles”. Es una frase que escucho constantemente. No solo la escucho, sino que me he sorprendido a mí mismo diciéndola más de una vez. Sin embargo, hay alguna razón por la que no acabo de estar de acuerdo. Creo que es un tema del que se ha hablado mucho, sin demasiado acierto desde mi punto de vista, porque se tiende a confundir una mezcla de sinceridad cruda, a prueba de balas y sin matices, filtrada por la inocencia, con pura y simple maldad. Lo que es cruel, en mi opinión, es la realidad. Al menos con bastante más frecuencia que los niños.

La naturaleza humana es cruel, pero los adultos nos empeñamos en disfrazar esa naturaleza, en matizarla, en vestirla de seda para que no parezca mona. Hace un par de días estábamos en la plaza varios padres con niños de edades entre tres y cinco años. Como solemos hacer, los adultos charlábamos sentados en los bancos mientras los niños jugaban en unas escaleras cercanas. De repente, todos los niños vinieron hacia nosotros gritando asustados. “Un ladrón, un ladrón”. “Es un ladrón de zapatos”. “Tiene una cámara secreta donde guarda lo que roba”.

Ante la avalancha de susto que nos sepultó en dos segundos, cada padre se encaró con sus hijos para intentar averiguar qué pasaba. Sobre todo porque, como ya he dicho alguna vez, vivimos en un pueblo tranquilo en el que solamente roba el ayuntamiento, y desgraciadamente lo hace amparado por la ley.

Leer más…

Domingos rituales

14 noviembre 2009 14 comentarios

gran_religionesComo ya he dicho alguna que otra vez, nosotros – mi mujer y yo – no practicamos ninguna religión, ni activa ni pasivamente. Es algo que a veces me produce un cierto malestar, porque sinceramente creo que me aliviaría no solamente de mis propias manías, sino también de encontrar respuestas a preguntas de mis hijos que a veces son muy complejas en términos científicos, mientras que echarle la culpa de todo a un Dios caprichoso y borracho de poder sería sensiblemente más fácil.

Pero, de todas las cosas que envidio a los religiosos, una de las que más envidia me produce es la capacidad de establecer rituales. Que un hombre serio sea capaz de ponerse una falda larga y una bufanda violeta y un sombrero ridículo, y lentamente, concentrado, se beba su traguito de vino frente a ciento cincuenta personas, y todos se lo tomen en serio, me parece un logro más meritorio que descifrar la cuadratura del círculo, o incluso que la llegada a la luna.

Por eso, y haciendo gala de mi mala tolerancia a sentir envidia, soy tremendamente eficaz a la hora de establecer rituales propios. En mi vida personal, con las personas que quiero y, por supuesto, con mis hijos. No es que de repente me dé por decir una misa atea en casa, disfrazado con un vestido de Gloria, ni que siente a mis niños a verme tomar vino, sino un esfuerzo, muchas veces inconsciente, por llenar mi vida de detalles rituales, fórmulas cotidianas que se repiten hasta el cansancio.

Leer más…

El verdadero flagelo de la Humanidad

11 noviembre 2009 3 comentarios

Apocalipse

Si el Siglo XX fue Cambalache, problemático y febril, el XXI no se está quedando atrás en ninguna de las categorías en las que es posible clasificar los males de este mundo, pero con la ventaja añadida de que ahora vivimos de pleno la era de la hiperinformación, que por cierto, no importa mucho si es buena o mala, o la fiabilidad de la fuente, sino que sea mucha, variada, atractiva y, si es posible, de colores. Hoy por hoy, cualquier persona lee un titular en cualquier sitio de internet y sale vociferando a gritos:

–          ¡Cacho! ¡Que parece que al final Einstein era un maricón reprimido que inventó la bomba atómica para vengarse de su padre, que por cierto le pegaba y le metía los cuernos a la mamá con la pescadera!

Cacho, que ya no se sorprende de nada, escucha atentamente y dos horas más tarde, en el bar con los amigos, suelta:

–          Dicen que el científico ese que inventó la vacuna contra la rabia, sí, ese de los pelos de loco que sacaba la lengua. Parece que el padre lo violaba desde chiquito y por eso le pidió a los yanquis plata para hacer una bomba atómica para matar a la pescadera. Y eso no es nada, la madre era una loca de mierda que le buscaba amantes al esposo mientras hacía la compra.

Leer más…

No me digas sí como a los locos

9 noviembre 2009 5 comentarios

gatos_espadas1Supongo que en todas las familias hay peleas. Son necesarias para el buen funcionamiento cerebral de sus miembros. La mía no era una excepción, ni en este apartado ni en muchos otros no menos enojosos. Me refiero a que a veces no llegábamos a fin de mes, los niños teníamos piojos con mucha más frecuencia de la deseable y los hermanos nos peleábamos a los gritos por cualquier tontería, empleando sin piedad artillería filial pesada y, a veces, hasta objetos contundentes lanzados al aire, afortunadamente con peor puntería que intención.

Supongo también que de alguna manera en mi casa se disponía de un cóctel altamente inestable de pasiones latinas con ascendencia italiana, resultando en un día a día nunca falto de emociones fuertes, ravioles con salsa de tomate los domingos a modo de religión, tortafritas los días de lluvia y ninguna aprensión por gritar cuando era necesario.

Pero a pesar de crecer en una casa con cuatro niños, dos adultos, amigos itinerantes, bisabuela intermitente para las fiestas, perro, un número variable de gatos, ocasionalmente algún mono, peces variados, hámsters con frecuencia, ratones de laboratorio, serpientes comunes en número impar, una boa constrictora con la que compartí habitación durante tres años y alimañas de diverso tipo que mi hermano aportaba al patrimonio familiar con más frecuencia de la deseable, a pesar de que tanta presencia viva – humanos y animales por igual – hacía inevitables y hasta folklóricas y necesarias las peleas, recuerdo especialmente sentirme como un animalito asustado cuando los que discutían eran mis padres.

Leer más…

Categorías:Mentiras Verdaderas