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El verdadero flagelo de la Humanidad

Apocalipse

Si el Siglo XX fue Cambalache, problemático y febril, el XXI no se está quedando atrás en ninguna de las categorías en las que es posible clasificar los males de este mundo, pero con la ventaja añadida de que ahora vivimos de pleno la era de la hiperinformación, que por cierto, no importa mucho si es buena o mala, o la fiabilidad de la fuente, sino que sea mucha, variada, atractiva y, si es posible, de colores. Hoy por hoy, cualquier persona lee un titular en cualquier sitio de internet y sale vociferando a gritos:

–          ¡Cacho! ¡Que parece que al final Einstein era un maricón reprimido que inventó la bomba atómica para vengarse de su padre, que por cierto le pegaba y le metía los cuernos a la mamá con la pescadera!

Cacho, que ya no se sorprende de nada, escucha atentamente y dos horas más tarde, en el bar con los amigos, suelta:

–          Dicen que el científico ese que inventó la vacuna contra la rabia, sí, ese de los pelos de loco que sacaba la lengua. Parece que el padre lo violaba desde chiquito y por eso le pidió a los yanquis plata para hacer una bomba atómica para matar a la pescadera. Y eso no es nada, la madre era una loca de mierda que le buscaba amantes al esposo mientras hacía la compra.

Solamente veinticuatro horas después, la información ha recorrido el mundo, mutado varias veces de naturaleza y significado, y ya nadie se pregunta nada sobre la veracidad de su origen. Ni siquiera sobre la factibilidad de lo que se cuenta, simplemente todo está ahí, a mano, disponible, alcanzable a cuatro clicks de distancia, y no hace falta más que diez minutos para estar al día con todo, al tanto de todo. No procesamos. Leemos con la misma cara datos estadísticos sobre la propagación del sida en áfrica que interesantísimas reflexiones de una ex-mujer de un ex-torero que ahora que es ex–drogadicta en las que opina que es una vergüenza que el Real Madrid haya perdido 4 a 0 con el Alcorcón, y de paso analiza el flagelo de la prostitución callejera: ¡Qué inmoralidad, habrase visto! En el noticiero de la noche pasan un atentado en Bagdad filmado con un teléfono móvil en el que se ven personas volando en pedazos, pero tan poco fuego (no se parece en nada a las bombas de las películas) le quita realismo y nosotros seguimos masticando la pizza tranquilamente, mientras la conductora pone cara de circunstancia y da paso a la noticia siguiente: una viejecita que vive en un pueblo llamado Pedorrón de la Montaña acaba de cumplir ciento cuatro años y todavía va solita al baño y todos los días se compra ella misma el pan. La entrevistan en directo pero no se entiende nada de lo que dice porque no le quedan casi dientes, así que nadie pone en duda de que es una noticia para horario premium, mucho más importante que la bomba de Bagdad, y por cierto, la pizza está riquísima, aunque las mafias internacionales trafiquen carne humana por todo el globo sin que nadie les pare los pies, porque es buen negocio.

Mientras tanto la gente se muere de hambre por la mitad del planeta, observados en directo por televisión por la otra mitad del planeta, obesa a base de pizza y comida china, la desertización avanza más que nunca, el amazonas parece ya la plaza de mi barrio y Toti de Gran Hermano XXXIV reinventa la gramática para gritarle a Chechi que lave la cocina de una puta vez, al mismo tiempo que en el canal de al lado doscientos catorce africanos, mujeres embarazadas y menores entre ellos, mueren ahogados al intentar alcanzar las costas europeas en barquitos de papel. ¡Qué barbaridad!, pero resulta que el zapping no se detiene, y en otra cadena una tribuna de expertos opinólogos enjuician y condenan a una famosa porque resulta absolutamente inaceptable que haya vuelto de Cuba con un amante veinte años menor, que no tiene ningún reparo en reconocer públicamente que quería salir de Cuba, y con tal de hacerlo es capaz de hacerle el amor a lo que le pongan delante, y con la misma infinita sabiduría critican el plan de la OMS contra la gripe A. Barack Obama capitaliza esperanzas ajenas alrededor del planeta, mientras con la mano izquierda recoge el nóbel de la paz, con la derecha firma un decreto para mandar más tropas a Afganistán y sonríe a la cámara sin saber todavía qué mierda va a hacer con Guantánamo.

Nosotros, contentos después de habernos limpiado con la servilleta el exceso de salsa de la pizza, absorbemos todo el cóctel informativo mientras criamos a la que será la generación de hombres y mujeres más expuesta a la desinformación informativa de la historia de la humanidad, pero tenemos la conciencia tranquila porque pagamos religiosamente los impuestos y las actividades extraescolares.

La tierra se desangra. Los políticos son cada vez más cínicos y más voraces. Los pobres son muy pobres y los ricos-pobres del primer mundo creemos que somos pobres e intentamos ser más ricos, mientras los ricos universales, los de verdad, ya no tienen reparo ni vergüenza por la exaltación de la opulencia más obscena. La Real Federación Española de Fútbol amenaza con suspender la competición porque a los futbolistas con sueldos de siete dígitos les quieren subir los impuestos y… Y podría seguir durante muchas páginas, pero resulta que no es el tema de este artículo.

Lo que de verdad nos preocupa, el verdadero flagelo de la humanidad, lo que nos está matando como especie y pone el peligro el planeta no son las mafias ni los políticos ni la falta de escrúpulos de algunos ni las guerras ni el hambre: es el aburrimiento. Los mejores esfuerzos e ingentes cantidades de dinero público y privado en el mundo occidental se destinan a combatir el aburrimiento, por encima del hambre, la salud pública, la escolarización de calidad y que los españoles aprendan utilizar dulce de leche en la repostería.

Y es que nos da verdadero pánico tener por delante más de doce minutos sin nada que hacer. No soportamos la idea de tener que ser el motor de la actividad. Necesitamos algo, la televisión, el cine o cincuenta tipos haciendo castillos humanos. Algo que contemplar, maquinaria engrasada de divertimento que nos evite el terrible e innecesario esfuerzo de inventar nada, de reflexionar, de tomarnos un domingo para caminar con la mente en blanco, o preparar una comida rica para los amigos, que nos lleve cinco o seis horas de cocina. Hemos invertido tanto esfuerzo y tanta creatividad en automatizar, en hacer todo instantáneo, que está desapareciendo el gusto por conseguir las cosas con esfuerzo, por fabricar las cosas antes de utilizarlas, por divertirnos introspectivamente.

Nuestros hijos ya no sabrán reírse de sí mismos, ni para qué sirve un martillo, ni el significado de la palabra arreglar, ni que el caldo puede ser algo diferente a un poliedro envuelto en papel de plata, ni que jugar puede ser algo diferente a un mando inalámbrico conectado a un procesador de alto rendimiento, ni qué es un barrilete, ni cómo se juega al veo veo, ni saltar a la cuerda, ni la forma de un pollo vivo, pero por suerte y gracias a todo lo que han inventado nuestros abuelos, perfeccionado nuestros padres y luego pervertido nosotros, sabrán instantáneamente qué opina una estrella adolescente sobre el sexo antes del matrimonio, o que McDonald´s cría vacas deformes en laboratorios secretos con la oscura intención de alimentar a una rubia neumática que te seduce para robarte los riñones en una bañera repleta de hielo.

Menos mal que, a pesar de todo, podemos estar razonablemente seguros de no aburrirnos durante los próximos veinticinco años, que para algo pagamos impuestos, carajo.

PILUX

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  1. Natalia
    12 noviembre 2009 en 09:23

    La responsabilidad de vivir la vida como queremos, es nuestra. De combatir la idiotización, también. Nuestros padres quizá soñaron con cambiar el mundo…. Yo, no sé si menos utópica o no, pero sueño con ver a mis hijos pudiendo ser lo más felices posible en las circunstacias en las que les toque vivir. Si en medio de toda es descarga de información desinformadora, de esa educación deseducativa, logramos mirarnos a los ojos, compartir y reirnos juntos, no está todo tan mal. Si les mostramos la importancia que tienen los besos, las caricias y los abrazos, tengo la ilusión de que serán mejores personas, más seguras de sí mismas.
    Cuando nosotros nacimos, el mundo tampoco era una maravilla ni pintaba como un abanico de buenos ejemplos y referentes…. y salimos bastante bien…. somos buenas personas, sencillas y sensibles. Y con una pizca de capacidad crítica para que el coco nos funcione y el cuco no nos asuste.
    Un besote

    • 12 noviembre 2009 en 09:29

      100% de acuerdo, Nati. Por eso creo que cada vez más nos hacen falta, a nosotros mismos, gatillos que nos disparen las alertas, para que podamos mantenernos despiertos frente al despilfarro de anestesia que hay suelto. Simplemente ayer me sentía con rabia frente a todo eso, y pensé que escribirlo ironizándolo era una buena forma de dar un toque de atención.
      De más está decir que comparto tu ilusión y comulgo con tu reflexión.
      Abrazo,
      Aprendiz de Brujo.

  2. joaco
    12 noviembre 2009 en 12:05

    Muy lindo, un poco deseperanzador pero lindo

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