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El Paraíso de los Opinólogos y la especialización de los especialistas

Siento nostalgia – aunque no lo llegué a conocer – de un mundo menos abstracto, en el que los seres humanos teníamos profesiones concretas. Cada pueblo tenía un herrero, un médico, un cura y, con suerte, un enterrador, un sastre y un maestro. Gente común que desempeñaba tareas comunes y necesarias. Sin embargo, la modernidad y la tecnología – de la que me confieso usuario, constructor y ferviente admirador – nos han ido regalando la terrible perversión del tiempo libre, un remanente enorme de horas que es preciso llenar de algo para no entrar en pánico. Lo que a simple vista debería ser algo para disfrutar y vivir, se ha transformado de alguna manera en el azote de la vida moderna: tenemos más miedo del aburrimiento que del cáncer de pulmón, el sida y la gripe A juntas.

Puede sonar un poco cínico, pero lo siento así. Millones de personas en el mundo no renuncian al hábito de fumar por miedo al cáncer de pulmón, ni usan sistemáticamente condones por temor a las enfermedades de transmisión sexual, pero la perspectiva de un fin de semana sin otra cosa que hacer que mirar el techo las llena de pavor. Desesperados, llamamos a amigos, conocidos y vecinos, si hace falta, con tal de tener un plan, algo que hacer, un lugar a donde ir en el que nos vendan un tramo de entretenimiento enlatado para nosotros especialmente.

La telebasura es el gran beneficiario del miedo, y también uno de los grandes empleadores de mano de obra ociosa a causa de la tecnología. Muchas personas que hace doscientos años no hubiesen sido ni líderes naturales, ni espirituales, ni especialmente respetados por su sabiduría, y por lo tanto hubiesen estado condenados a desempeñar oficios manuales y honrados, como limpiar pescado o herrar caballos o plantar naranjas, hoy han encontrado, por la perversa combinación de tecnología y miedo al aburrimiento, una nueva, generosamente remunerada y prestigiosa profesión: Opinólogos.

Me horroriza encender la televisión – sea la hora que sea – y encontrar siempre al menos tres o cuatro programas en cadenas diferentes donde desempeñan orgullosos su labor contra el aburrimiento estos nuevos profesionales de la chatarra. No hace falta más que una serie de hechos fortuitos para transformarse en forjador de opinión: una ex-amante de un ex-torero ex-adicta a las drogas no tiene ningún reparo en dar su opinión – con vehemencia y afirmándose en razones que dice poseer – sobre la base constitucional del aborto, los avances en biotecnología, el último videoclip de Madonna y las actuales tendencias del mercado de valores, mientras un tribunal conformado por ejemplares de este tipo no duda en juzgar y condenar públicamente a cuanta personalidad pública cae en sus manos. Todo da más o menos igual, porque total, los que escuchan tienen tanto miedo a aburrirse que no se van a parar a pensar, ni por un segundo, si existe un fundamento real, aunque sea una experiencia previa, un ensayo fallido o cualquier otra cosa que acredite a los Opinólogos a dar cátedra sobre el tema en cuestión.

Y es curioso, porque en paralelo, simultáneamente con el florecimiento mecánico de los multiexpertos en todo, acompañando la profusión de filósofos modernos y titanes del conocimiento generalizado, aparecen también los hiperespecialistas superespecializados y anónimos. Recientemente, a raíz de la terrible tragedia del terremoto en Haití – tema sobre el que no voy a hablar, porque me parece demasiado doloroso – los noticieros españoles anunciaron con pompa y orgullo que España enviaba cuarenta – nada menos que cuarenta – Expertos en Catástrofes. Con la salvedad de que lo trágico y doloroso de la noticia no permite concentrarse más que en eso, me pregunto qué cuota de responsabilidad informativa hay en la noticia. Desconozco si existe la carrera universitaria de Catastrofía, o si hay una escuela especializada en alguna parte del mundo. Tampoco sé de qué vive un Experto en catástrofes, dónde trabaja durante los doscientos veinte días al año en los que ninguna catástrofe sacude al mundo, ni cómo se llega a obtener la experiencia necesaria para ostentar ese título. ¡Y ojo al dato! No tenemos uno, ni dos, sino nada menos que cuarenta Expertos en Catástrofes.

Lo mismo pasa con los científicos, los abogados, los pensadores y con miles de ocupaciones menores. Antes un médico era un médico, un pensador era un pensador y un artesano un artesano. Ahora resulta que el experto en glándula tiroides no tiene la menor idea acerca del resto de trastornos que pueden estar influyendo en el mal funcionamiento de su glándula favorita, y además, no le importa. Los mecánicos de coches no arreglan cualquier cosa, sino que son especialistas en Ford Fiesta, modelos del 2005 en adelante. Los agricultores plantan solamente soja, o solamente café, o solamente tomates. Los veterinarios saben de perros o de gatos, pero no se nos ocurra llevar un conejo porque hay que buscar un especialista en conejos.

Lo que de verdad me preocupa es el patrón subyacente que hay en todo esto. Mientras en el camino de la opinología y la trivialización, todo el conocimiento y todas las disciplinas parecen confluir en las personas menos apropiadas, provocando que dispongan de una ingente cantidad de atención pública y tiempo en el aire para, desde su atalaya intocable, sentenciar lo que está bien y lo que está mal sin que haga falta ningún tipo de acreditación personal ni mérito previo para ocupar una posición tan importante, en el campo de batalla, donde se vive la verdadera acción, donde transcurre la vida en serio, donde más se necesita una visión global, líderes capaces de interpretar correctamente el mundo, es precisamente donde el conocimiento se hiperespecializa, se fragmenta, se compartimenta y se subdivide hasta el infinito.

Estamos construyendo una sociedad en la que las personas se concentran y se preparan en una fracción abstracta, completamente desconectada del todo. Estamos aniquilando la visión periférica, focalizándonos microscópicamente en los detalles. Nuestros mejores hombres y mujeres, los que estudian y se preparan, los científicos, los educadores, los técnicos, los líderes, e incluso los artistas, viven un proceso aparentemente irreversible de reducción de su campo de acción. Los fantoches, chantas, mentirosos a sueldo y figurantes profesionales, mientras tanto, abandonan lentamente el mundo rosa para dedicarse a todo lo que les parezca, con el respaldo en metálico de los cuatro aprovechados de siempre, y el silencio permisivo de millones de televidentes que asisten sin implicarse al derrumbe definitivo y total de la ética, la responsabilidad en la gestión del conocimiento y la posibilidad real de comprender cabalmente el mundo y poder así, cambiarlo.

Mientras tanto, todos tranquilos. El crédito social de la opinión pública en manos de varios cientos de imbéciles a sueldo que ni siquiera son conscientes de su propia ignorancia, y el destino de la humanidad fragmentado en células microscópicas saturadas de información accesoria, que impide a las personas capaces e inteligentes disponer de diez minutos genuinos para dar un paso atrás, recuperar la perspectiva macro, mirar alrededor y comprender que vamos por mal camino.

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  1. Mama
    24 enero 2010 en 10:53

    No se exactamente por que, pero este articulo me hizo acordar de una intervencion de Alfredo Palacios en la camara, dijo: El diputado….(no recuerdo quien era), tiene una ignorancia enciclopedica…

  2. Alicia Steimberg
    24 enero 2010 en 12:40

    Tu texto es superficial y general, decorativo, archisabido e inútil.

    • 24 enero 2010 en 13:16

      Puede ser, pero no pretendía ser profundo ni sustancial, y mucho menos iluminador o revelador. Simplemente es un pensamiento, una reflexión de esta mañana que sentí ganas de compartir.

      Gracias por compartir tu opinión.
      Saludos,
      Aprendiz de Brujo

    • Alberto Fontaner
      27 enero 2010 en 12:53

      Me gustan las etiquetas. Aprovecho entonces para responder a la suya: La respuesta al texto es sucinta, genérica, de maestra de escuela rural embriagada, pretenciosa, producto de la resaca de algún bolo filosófico-fetal en algún bar de la vecindad de Puán, poco propicio, desprovisto de imaginación, inoportuno, e inútil. Si no es para vos gorda, no es para vos.

      • 10 febrero 2010 en 20:13

        Che, soy yo el único que piensa que la respuesta de esta mina fue en joda? Digo, nomás… 🙂

  3. 24 enero 2010 en 17:24

    Excelente artículo Pilo. Y haya sido o no tu intención, a mi me ha parecido sustancial, lúcido y revelador, en una palabra, digno de ser leído y recomendado.
    También sugerente, lo que me invita a hacerte una reflexión.
    Echo de menos aquellos programas de debates donde los invitados eran personas versadas en el tema a tratar y por tanto cautas y comedidas en sus afirmaciones. Ahí aprendí que la sabiduría podía valorarse por el talante humilde y respetuoso de una persona. Por mas que aprendamos, siempre nos quedarán infinidad de cosas por conocer, así pues, respeto y comedimiento.
    Sin embargo hay cosas que sabemos, son evidentes y no están ocultas. Las cadenas de televisión son, hoy por hoy, empresas cuyo objetivo es el lucro, pero que no obtienen directamente del espectador los ingresos para mantenerse. Obtienen sus ingresos de la publicidad y a ella en entregan en cuerpo y alma. Ofrecen algún servicio de entretenimiento al espectador y a cambio este, a regañadientes, accede a ser sometido al bombardeo publicitario. Así, en última instancia, la televisión no se sostiene si su efecto final no es influirnos para comprar algún producto de sus patrocinadores.
    En las estrategias de marketing está bien demostrado un principio: Tenemos la tendencia a dejarnos influir por las personas que conocemos, o tienen cierta notoriedad social. Ese es el motivo de que se pague tanto dinero a un famoso por anunciar cosméticos, alimentos o tecnología. Pero los famosos que deben su prestigio a su propia actividad profesional salen muy caros, y su actividad como mercachifles deteriora su propia imagen. Por otro lado, nuestra habilidad con el zapping, echa por tierra los esfuerzos por mantenernos pegados al televisor.
    Parece que la solución que está dando mejores resultados es la creación de nuevos famosos diseñados con el propósito de mantener un estado de continuidad, donde la mercadería de la vida privada o los eventos sociales mas escandalosos (la verdad es que ya no saben lo que hacer para escandalizarnos) apenas se diferencia de la que ofrecen los anuncios publicitarios. Ambos espectáculos son penosos pero parece ser que rentables. Personalmente he optado, ante el asombro y extrañeza de mis vecinos y allegados, de prescindir de la televisión y de sus estrategias subliminales.

    • 26 enero 2010 en 11:21

      Muchas gracias, Camino a Gaia (nunca sé tu nombre, en tu blog no figura),

      Estoy bastante de acuerdo contigo, especialmente en tu párrafo final, sobre la fabricación de carne nueva. En realidad, la intención original de mi artículo era una llamada a la reflexión individual. Evidentemente, la televisión, como cualquier otra empresa con fines de lucro, vende lo que le compran. Lo que le compramos, en este caso, como sociedad en conjunto.

      Saludos,
      Aprendiz de Brujo.

  4. 25 enero 2010 en 14:18

    Si bien el texto es un todo, me tomo el atrevimiento de dejar mis puntos de vistas por separado.
    En cuanto al “mundo menos abstracto” me parece que es más un “síntoma” de las grandes ciudades, basta alejarse unos pocos kilómetros y ver que la vida es otra, y con alguna que otra excepción todavía se puede encontrar al herrero, al cura, etc. Algunas preguntas interesantes son: ¿Quién construye esa grandes ciudades? ¿Quién le da las características que tienen? ¿En qué punto la gran ciudad empezó a construir al hombre? Ya que de no ser así, de tratarse de un cambio en la concepción misma del hombre, esos pequeños pueblos todavía con tradición no tendrían manera de explicar su existencia, porque no es que no están en contacto con el mundo.

    En cuanto a los “opinólogos”, uno puede elegir qué ver, qué escuchar. El problema no pareciera que ellos existan sino la existencia de una falla en nuetra preparación que no impide dejarlos de lado y optar por cosas más enriquecedoras.

    No veo lo curioso en que existan estos “multiexpertos” y los “hiperespecialistas”; algo carece de fundamento y me inclino a pensar que estos multiexpertos en realidad no lo son.

    La hiperespecialidad tal sea una caracteristicas de los tiempos que corren, tal como lo señala ese libro cuyo título hace mención el nombre de esta página. Igual hay que ser prudentes con las afirmaciones, es cierto que en determinadas investigaciones científicas se reunen expertos de muchos países y cada cual sólo sabe de su trabajo y tal vez desconoce por completo qué es lo que hace alguien que está junto a él, trabajando en una misma investigación. Si esto fuese así, esa investigación en conjunto sería un caos y cada cual haría lo suyo de manera ciega y sin relación con sus compañeros. Pero no es así. Hay una coherencia y una finalidad a la que todos contribuyen, y esa finalidad es algo que alguien la debe poder concebir y planificar. Es lamentable pero cierto. Uno podría pensar que si no fuera así no se tendrían todos los avances que se tienen; pero también uno podría replicar qué tan necesarios son, qué tanto verdaderamente contribuyen a la humanidad. Si no fuera por esta situación moderna no podría estar escribiéndo esto; pero también por esta situación moderna un contacto fraterno se ha perdido, reemplazados por fotos y el sonido de las teclas al tipear estas palabras.

    Saludos,
    Alejandro.

    • 26 enero 2010 en 11:24

      Hola Alejandro,

      Me ha gustado tu respuesta, aunque tengo que disentir con respecto a las grandes ciudades. Me parece que las metrópolis están potenciadas en esos efectos, pero lamentablemente (al menos en España) en los pueblos pasa lo mismo. Supongo que en las zonas rurales de determinados países será diferente, pero hoy por hoy las comunicaciones se encarnan de llevar lo peor de la sociedad a cada rincón habitado.
      Muy de acuerdo contigo en que vemos lo que elegimos ver, y por eso esta reflexión. Quizás sea hora de empezar a preguntarnos seriamente qué es lo que consumimos. Que se esté emitiendo en televisión no significa que haya que verlo “porque es lo único que hay”.

      Gracias por el comentario.
      Saludos,
      Aprendiz de Brujo

  5. monica lacoste
    28 enero 2010 en 14:32

    ” Ay…vecino vengaseeé…
    hacer teatro en la plaza
    no vaya a quedarse solo
    viendo la tele en su casaa…”

    Grupo Catalinas de la Boca

    Otra buena costumbre: leer poesía en alta voz

    Abrazo

    Siempre emociona leerte

  6. 30 enero 2010 en 15:58

    me encanto!!! con la simple vision de una lectora me parece profundo, pensante y totalmente contemporaneo este relato, me gusta que no todos esten de acuerdo, pero mas me gustaria que pusieran el porque… un besazo…

    • 3 febrero 2010 en 11:08

      Muchas gracias Cris 🙂

      Estamos de acuerdo en lo de los porqués.

      Saludos,
      Aprendiz de Brujo

  7. 10 febrero 2010 en 20:17

    ¿Si te dijera, Pilo, que un grandísimo pensador francés llamado René Guénon escribió con una destreza certera cuasi quirúrgica, en las décadas del 20 y del 30, sobre estos mismo temas?

    En sus palabras, la fragmentación de las ciencias occidentales modernas no es nada más que otro de los tantos Signos de los Tiempos que nos hablan del mundo en que vivimos, que él llama El Reino de la Cantidad.

    Con esto te quiero decir que tu reflexión de aquella mañana puede ser muchísimo más lúcida que lo que más de uno pueda atisbar. Lo que sí, a word of warning: ojo que una vez que empezás a leer a la gente de esta escuela (la Sophia Perennis), es muy difícil volver a ver el mundo como creíamos que era.

    Abrazoxsa!@231

  8. 13 febrero 2010 en 16:02

    En realidad, para serte sincero del todo, no me extraña que antes que a mí se le haya ocurrido a muchos otros hablar del tema, ni tampoco que lo hayan hecho con agudeza, pero me encanta ubicar a uno, porque es un tema que me obsesiona. Lo leeré y ya te contaré 🙂

    Abrazo,
    Aprendiz de Brujo.

    • 14 febrero 2010 en 22:14

      Si querés que te recomiende algún título en particular, avisá.

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