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Archive for the ‘Avances de Álgebra Maldita’ Category

Capítulo Pi 25. Acción en Barcelona, 2010.

25 noviembre 2009 Deja un comentario

Caminar es un bálsamo para el dolor de la memoria. No es que sea especialmente aficionado al ejercicio físico, pero Barcelona ofrece un paisaje espectacular al inicio de la primavera. Es fácil darse a la contemplación, tanto de piedra, argamasa y cemento como de huesos humanos revestidos de carne revestida, a su vez, de ropa, constituyendo una persona. Camino e intento concentrarme en los edificios, en los semáforos, en los desechos orgánicos, presumiblemente caninos, que esporádicamente agreden las suelas de los zapatos de los transeúntes incautos, en la fila interminable de mujeres bellas que caminan, algunas apresuradas, otras remoloneando en las vitrinas de los comercios, muchas esforzándose en extender la influencia de su propio halo de feromonas, y otras consiguiéndolo sin proponérselo. Camino a buen ritmo, y no lo hago para desplazarme ni para llegar a alguna parte. Ni siquiera lo hago por simular un rudimento de ejercicio físico para mi vida. Lo hago para mantener a raya a mis pensamientos que me acosan como soldados entregados al asedio del último enclave. Me hieren, se azuzan con el olor de mi propio miedo, por la visión de los poros de mi piel rezumando ese miedo, transpirándolo despacio. Más de un mes sin noticias de Nadja, y ya la antigua soledad termina de instalarse nuevamente, de poblar los espacios vacíos de mis días y mis noches. Solo entonces soy consciente de haber olvidado la cantidad enorme de minutos inútiles que tiene un día. De los cuatrocientos ochenta que la media de la población mundial utiliza para dormir, yo no suelo dormir más de trescientos. En vez de los otros cuatrocientos ochenta que la mayoría de las personas emplea en trabajar, yo suelo dedicar unos seiscientos treinta. Quedan, otra vez según la supuesta media, otros cuatrocientos ochenta para comer, divertirse, mirar televisión, ir al baño y querer a los demás. Esto quiere decir que si a los diez mil ochenta minutos que tiene una semana le quitamos los tres mil ciento cincuenta que dedico al trabajo, los dos mil cien que logro dormir y, digamos, doscientos cincuenta más de desplazamientos y conversaciones insulsas con personas a las que compro café, tickets de metro, barras de pan y cosas similares, quedan cuatro mil quinientos ochenta minutos a la semana durante los cuales dispongo de lo que sea que signifique hoy por hoy el tiempo libre. Cuatro mil quinientos ochenta minutos semanales a solas con mi cabeza que no se detiene, no para de revisar, calcular, repetir fórmulas, balancear inecuaciones, desgranar la realidad y emitir veredictos de culpabilidad en mi contra. Soy un acusado modelo, la fiscalía y la defensa a la vez, juez y parte y sin embargo siempre resulto culpable.

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Capítulo alfa-gamma-delta 05. Acción en Buenos Aires (1986).

24 octubre 2009 Deja un comentario

mujer_fumandoErnesto comenzó la escuela secundaria en marzo, en un colegio del barrio de Barracas, aturdido por la diferencia entre formar filas ordenadas de niños con guardapolvo blanco para cantar el himno nacional, entre los que él era de los más grandes, y el bullicio de un millar de adolescentes ocupando una calle entera, provocando trastornos en la circulación de tráfico rodado mientras fumaban el primer cigarrillo de la mañana, entre los que él era de los más pequeños. El primer descubrimiento que hizo Ernesto en su nueva escuela fue hormonal, instintivo, desde la entrepierna y las tripas, con todo el sistema endócrino alterado, la sangre sublevada y los miles de millones de terminales nerviosos de su cuerpo en estado de alerta permanente. Repentinamente, las niñas peinadas con dos coletas que jugaban a saltar un elástico en los recreos fueron reemplazadas sin piedad por auténticas mujeres con todo en su sitio, caderas redondeadas, pechos explosivos que amenazaban con reventar los botones de las blusas, uñas pintadas, jugosos labios de colores y miradas sugerentes. Fumaban sensualmente y reían con desparpajo. Era como si la vida, en su juego irónico, fuese despiadada con los chicos. Mientras los estudiantes varones de primer año hacían esfuerzos enormes para sacudirse del alma la niñez, jugando a fumar y a tomar cerveza siempre demasiado amarga en el quiosco de la esquina, a la salida de la escuela, y luchando por ocultar sus voces aún infantiles, finitas, deseando más que nada en este mundo que una barba verdadera rompiese al fin sus rostros aún infantiles, las chicas parecían pasar de la infancia a la adolescencia sin transición alguna. Todas tenían tetas. Todas eran sensualidad pura, caídas de ojos hacia los alumnos de quinto, bocas pobladas de dientes blancos, nalgas redondas atrapadas en pantalones ajustados, melenas de pelo movido por la brisa, tirantes de corpiño que asomaban a escotes demasiado abiertos. Era como un anuncio de cigarrillos en el que la protagonista femenina es una mujer sensual, incitante y seductora, y el masculino, en lugar de fumar y luego besarla, extrae de su bolsillo una piruleta y un yo-yo. Ernesto sentía que ninguna de esas hembras auténticas ni siquiera lo miraría hasta que llegase, al menos, al tercer o cuarto año de secundaria, y para eso faltaba media vida.

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Capítulo Pi(-05). Acción en Barcelona – Canadá (2006).

4 octubre 2009 7 comentarios

equa1Carla abrió los ojos a las 09:38. Para entonces yo llevaba despierto casi tres horas, sin atreverme a mover un músculo, alimentando a oscuras un miedo ancestral a perderme en territorio hostil, fortificando mis defensas, contemplando cómo el día se desperezaba con lentitud, transparentando las cortinas. Se giró hacia mí. Me abrazó, aún dormitando. Me besó en la mejilla, antes de gruñir confusamente en mi oído:

–      Buenos días. ¿Desayunamos?

–      Claro. – conseguí decir – Pero no nos podemos colgar mucho. Me tengo que ir.

–      Hoy es sábado. Nadie se tiene que ir tan temprano un sábado.

Intento estimular mi funcionamiento neuronal, pero su cuerpo desnudo, pegado al mío, refracta mi posibilidad de producir excusas plausibles a una velocidad razonable. Los terminales nerviosos de mi estómago descubren su mano izquierda, buscándome. Intento no reaccionar. Me mordisquea la oreja. Me acomodo en la cama, boca arriba, mientras no puedo evitar un nuevo torrente de sangre que amenaza con inundar mis vasos capilares. “Esperá un momento”, murmuro. Su lengua me recorre suavemente la punta de un pezón por toda respuesta. Su mano me ataca, me rodea, me estremece, me levanta de entre los muertos, me recupera del páramo de fango donde mi terror privado me inmovilizaba. “Parece que te despertaste contento”, dice, pasando su pierna sobre mi cintura. “¿No íbamos a desayunar?”. “Después”, dice, montada sobre mí, mientras neutraliza mi función de habla con sus labios y su lengua.

*                     *                     *

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Capítulo Pi(-06). Acción en Barcelona, 2006.

19 septiembre 2009 Deja un comentario

Conocí a Carla por casualidad, en un bar. Fue el viernes 30 junio de 2006, y los argentinos vagábamos desesperados por las calles buscando lugares donde ver las pobres actuaciones de nuestra selección en el mundial de Alemania. Había salido solo de casa, sin demasiadas esperanzas de pasarlo bien, ni de que el equipo nacional acabara de jugar bien en un mundial en el que, a pesar de estar en cuartos de final, el juego había sido pobre y decepcionante. Finalmente encontré un bar en Sagrada Familia, pequeño y sucio, que en la puerta tenía una pizarra anunciando “Hoy Alemania – Argentina”. Faltaba más de media hora para el partido, así que me senté en una mesa para dos, pedí una cerveza y me dediqué a intentar predecir la dirección que tomaría el humo que desprendían las brasas de los tres cigarrillos que, uno detrás de otro, me ayudaron a matar el tiempo. El bar se llenó lentamente, como siempre que hay buen fútbol. La mayoría argentinos, y si bien me sentía solo, era una soledad arropada por esa hermandad que solamente el fútbol produce: profunda, fuerte, pero fugaz y volátil. Sabía perfectamente que al sonar el pitido final, automáticamente todos volveríamos a ser desconocidos.

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Capítulo alfa-gamma 18. Acción en Uruguay – Buenos Aires (1985)

13 septiembre 2009 Deja un comentario

Las gaviotas revoloteaban entre los desechos del puerto, salpicándose mutuamente las alas con restos de podredumbre de peces muertos y tripas arrancadas por los pescadores, que atracaban las barcas, limpiaban y vendían su mercadería en el mismo sitio: el puerto de La Paloma, recalentado a fuego lento por el sol inclemente de febrero. Alonso deambulaba entre los puestos de pescado, buscando una corvina rubia para asar a la parrilla, ajeno al bullicio de fondo y al discurso ininterrumpido de Sonia en primer plano, asintiendo con la cabeza a intervalos regulares, para dar a entender así que estaba siguiendo el desarrollo de la conversación. Su cabeza estaba en otra parte. En su Las Piedras natal, en el recuento desafortunado de otro año de infortunios y dudas, en su hijo Mauricio, que estaba a punto de ver cómo toda su vida se desmoronaba. Marta había sido clara: ese año, solamente conocerlo y charlar con él. El verano siguiente le dirían la verdad. Alonso se preguntaba de qué estaba hecha la verdad, cuál y cómo era esa verdad por la que llevaba tanto tiempo luchando. ¿La verdad era que había sentido miedo? ¿Había sido cobarde? ¿O la verdad era que era demasiado joven, demasiado estúpido? ¿Era su verdad la misma que la de Marta?

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Capítulo alfa-gamma 12. (Acción en Buenos Aires, 1983).

1 septiembre 2009 1 comentario

–      Este año, la bisabuela Angustias va a pasar las fiestas con nosotros. – había dicho Ricardo.

–      ¡No, papá!

–      ¡Es una pesada, siempre nos está persiguiendo!

–      A mí me obliga a rezar… – dijo Sofía.

–      Miren, yo sé que a veces es un poco densa, pero está por cumplir noventa años. No sé cuánto más va a vivir, y me parece que se merece pasar las fiestas con nosotros.

–      ¡Ufa!

Durante los últimos años, Ricardo había llevado a los niños con cierta frecuencia (no más de dos o tres veces al año) a visitar a María de las Angustias al hogar de Monjas en Ramos Mejía, donde llevaba viviendo desde principios de los setenta. Estaba muy vieja, gorda y encorvada, pero seguía conservando el fuego en su mirada, que con los años había dejado de ser de color violeta furioso para rodearse de un charco de agua clara, producto de las cataratas. Leer más…

Capítulo Pi 19. (Acción en Barcelona, 2009)

28 agosto 2009 3 comentarios

Estoy en casa de Nadja, haciendo tiempo mientras se viste, maquilla, desviste, vuelve a vestirse, cambia algo, retoca otra cosa y modifica lo de más allá. Abro la nevera, y está tristemente vacía, a excepción de medio limón, un tupper de contenido misterioso que decido no arriesgarme a abrir y un cartón de leche rica en Ácidos Grasos Omega 3. Pareciera ser una ley de la mercadotecnia moderna que cuanto más estrafalario sea el nombre y más recuerde a algo asqueroso, los consumidores lo interpretarán como algo bueno en forma masiva. Leer más…