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Posts Tagged ‘exilio’

Volver a la nada de los últimos veinte años

6 enero 2010 25 comentarios

Serán los números redondos, será el cambio de década o simplemente la nostalgia tópica de los exiliados en época de fiestas, pero lo cierto es que me encuentro reflexivo, nostálgico y tanguero. Desde hace días suena en mi cabeza, en un concierto privado y silencioso, lento, eterno y soñador, con un ataque de bandoneones heridos de invierno, el tango “Volver”. Y es una tontería, porque más que en volver a alguna parte, pienso en los últimos veinte años, que según la genial pieza de Carlitos Gardel no son nada, pero irónicamente vuelven una y otra vez.

Y no es solo que vuelvan, es que los muy jodidos se encaprichan en no volver solos. Vuelven con lágrimas y risas, con aroma de arroz hervido y ojos y manos y bocas que preguntan, con amigos que están lejos o que ya no están, con amores olvidados y amores presentes, vuelven recordándome que era hijo, justo ahora que estoy aprendiendo a ser padre a medida que me equivoco. Vuelven con ira y vino y humo de marihuana, con vasos tintineando y partidas de póker bajo una luz mortecina y fichas de plástico barato, con discos de vinilo y pantallas de color ámbar, con pósters de papel pintado y memorias en sepia. Vuelven para quedarse.

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Y en el 2010 también

26 diciembre 2009 18 comentarios

Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos, a esta altura más que una frase de un tango inmortal es un axioma científicamente comprobado, un versículo que encierra una verdad indiscutible. No hace falta ni siquiera esforzarse para verlos por todas partes, se llamen Silvio Berlusconi, Emilio Botín o Julio Grondona.

Lo que no podía prever Discépolo ni nadie, es que el despliegue de maldad insolente característico del siglo XX se traduciría a sí mismo, refinándose, volviéndose sutil, altamente engañoso y cada vez más escurridizo. No se podía prever que la maldad franca y llana del crimen organizado de principios del siglo pasado evolucionase de esta forma en cinismo e hipocresía, ni que los jefes absolutos de las organizaciones criminales se sintiesen más cómodos en despachos de cargos oficiales que en suburbios impracticables para las personas honradas.

No se podía vislumbrar que las guerras perderían todo su espantoso significado soberanista, conquistador y su pasión por la expansión territorial a manos de un complicado entramado de negocios divididos entre el continuismo de la industria armamentista y los enormes beneficios que proporciona la reconstrucción de los países invadidos y la explotación de sus recursos naturales a manos de las fuerzas de ocupación.

Nadie podía imaginar que el presidente de una de las mayores potencias mundiales, General Máximo de varias guerras en activo, sería premiado con el Nobel de la Paz solamente a causa de un montón de palabras, sin respaldo alguno en los hechos.

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Ideología (versión remasterizada)

19 diciembre 2009 18 comentarios

Seguramente Ideología en su versión original fue uno de los textos de este blog que más gustó y más éxito tuvo. Personalmente creo que no sin razón. A mí también es uno de los textos que más me gusta. Por este motivo lo seleccioné para ser publicado en una revista digital el año que viene. A causa de esa publicación inminente, el texto fue corregido – creo que mejoró bastante – e ilustrado por la artista Gabriela Sennes. La razón principal por la que lo vuelvo a publicar aquí es porque creo que la ilustración, que me llegó esta mañana, es preciosa y le hace muchísima justicia al texto, así que no pude resistir la tentación de volver a publicar el artículo. Espero que quienes ya lo hayan leído disfruten de su relectura, y quienes lo lean por primera vez estoy seguro de que también lo disfrutarán. ¡Muchas gracias Gaby!

Ilustración original de Gabriela Sennes

Ilustración original de Gabriela Sennes

Desde chico, muy chiquito, tuve una ideología. Me la regalaron mis papás en una cajita de cartón color madera, atada con una cinta verde que formaba un lazo. Es el primer regalo que recuerdo en mi vida, cuando cumplí los cuatro años. Abrí la caja y allí estaba, blanca, con pintitas de colores limpios que salpicaban un pelaje algodonado y suave al tacto, mirándome con dos enormes ojos profundos y alegres. Yo la quería mucho, porque era una ideología graciosa, juguetona y dulce. Cuando me veía se estremecía y me saltaba a los brazos, feliz. Yo la acariciaba y la acurrucaba en el nacimiento de mi cuello, donde se quedaba durante horas al calor de mi niñez. La cuidaba como a nada en este mundo. Era una buena ideología. Era una ideología que hablaba de ser un buen hombre en el futuro, de construir un planeta un poco más cuerdo, un poco más justo, un poco menos disparatado. Era una ideología generosa, que me hacía pensar en los demás, me recordaba mis privilegios, la suerte cotidiana de un plato de comida caliente en la mesa, de una familia orgánica y funcional, de la presencia del amor en mi vida.

Dormía conmigo en mi cama de niño, y me ayudaba a tener buenos sueños. Cuando aparecía un mal sueño, al despertar sobresaltado mi ideología me consolaba, se acurrucaba contra mí y me contaba historias divertidas en las que los buenos ganábamos siempre, me prometía una vida genial cuando fuese mayor, me invitaba a ser parte de una conjura contra el mal de este mundo.

Cuando empecé la escuela primaria, un día la quise llevar, convencido de que mi ideología tenía que conocer ese lugar donde pasaba tan largos ratos de mi vida. Mis padres se negaron. “Una ideología es muy importante, algo que hay que cuidar mucho. No la saques de casa, a ver si la vas a perder”, dijeron, balanceando el dedo índice, como hacen los mayores cuando quieren dar énfasis a una orden, pero que parezca un consejo sensato. Fue ella, mi ideología, la que me llamó a desobedecer, así que no hice caso. Me gustaba tanto mi ideología que me la escondí en la ropa, satisfecho por el cosquilleo agradable que me hacía su contacto en la piel, agarrándose con sus pequeñas y  suaves manos, rematadas por dedos de uñas romas.

Durante el transcurrir de la mañana me di cuenta de que mi ideología me hacía un niño mejor. Ese día presté mis lápices, no peleé con los demás, y en el recreo, persuadido por ella, decidí compartir las cuatro galletas que llevaba con tres niños que no eran amigos míos, de esos con los que nadie quiere jugar y que siempre están solos en un rincón del patio, mirando cómo juegan los otros, sabiéndose excluidos por ser diferentes. En un acceso de amistad repentina, los invité a mi cumpleaños, a pesar de que no sería hasta varios meses después. Regresé a casa sintiéndome bien, totalmente convencido de que su presencia en mi vida solamente me traería alegrías, la opción diaria de sentirme mejor conmigo mismo.

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Ideología

26 octubre 2009 26 comentarios

ideologia

Con motivo de su publicación en una revista digital, este artículo ha sido corregido. Puedes leer la versión nueva haciendo click aquí.

Desde chiquito, muy chiquito, tuve una ideología. Me la regalaron mis papás en una cajita de cartón color madera, atada con una cinta verde. Es el primer regalo que recuerdo en mi vida, cuando cumplí los cuatro años. Abrí la caja y allí estaba, blanca, con pintitas muy pequeñas de colores limpios que salpicaban un pelaje algodonado y suavecito al tacto. Yo la quería mucho, porque era una ideología graciosa, juguetona y dulce. Cuando me veía se estremecía y me saltaba a los brazos, feliz. Yo la acariciaba y la besaba. La cuidaba como a nada en este mundo. Era una buena ideología. Era una ideología que hablaba de ser un buen hombre en el futuro, en un planeta un poco más cuerdo y más justo. Era una ideología generosa, que me hacía pensar en los demás.

Dormía conmigo en mi cama de niño, y me ayudaba a tener sueños bonitos. Cuando aparecía un sueño malo, al despertar sobresaltado mi ideología me consolaba, se acurrucaba contra mí y me contaba historias divertidas en las que los buenos ganábamos siempre, me prometía una vida genial cuando fuese mayor.

Cuando empecé la escuela primaria, un día la quise llevar, convencido de que mi ideología tenía que conocer ese lugar donde pasaba tan largos ratos de mi vida. Mis padres me dijeron que no. “Una ideología es muy importante, algo que hay que cuidar mucho. No la saques de casa, a ver si la vas a perder”, dijeron, balanceando el dedo índice, como hacen los mayores cuando quieren dar énfasis a una orden, pero que parezca un consejo sensato. Yo no hice caso. Me gustaba tanto mi ideología que me la escondí en la ropa, contento por el cosquilleo agradable que me hacía en contacto con la piel, agarrándose con sus manitos suaves de ideología buena.

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Casi casi atrapar una idea

22 octubre 2009 12 comentarios

lluviaEstaba sentado en el sofá, mirando por la ventana. Afuera, la lluvia diagonal que solamente aparece cuando el viento empuja su quejido transparente. Dentro, penumbra. Podía escuchar mi respiración, imaginando el aire entrar en mis pulmones, oxigenando mis glóbulos rojos. Era consciente de cada una de las fibras de mi carne en reposo, tensándose en el antebrazo para llevarme el cigarrillo a los labios, relajando el bíceps para dejarlo en el cenicero.

Pasó por mi cabeza el sonido alegre, de chispas pintadas de dorado, de la grasa de vaca burbujeando en la sartén, cuando los domingos de lluvia, por la tarde, mi viejo hacía tortafritas. Mis hermanos y yo alrededor, esperando ansiosos. Cucharadas de azúcar que se quedaba pegada en la masa grasienta y crocante, y el recuerdo material de sus manos de hombre en mis manos de niño, una barba oscura que ahora es entrecana. Los ojos, iguales. Lo demás, accesorio.

Me asaltó el recuerdo de una mano femenina investigándome la piel, la curiosidad manifiesta por delante del placer. Una calle del barrio de Palermo en otoño, alfombrada de hojas secas, algunas apelmazadas por lluvias esporádicas, otras combadas, arañando las baldosas sucias con sus uñas ocres, empujadas por el viento. Otra vez dedos de mujer, casi niña, sobre mis párpados, buscando debajo de mis ojos lo que no se transparenta, la verdad única que ni siquiera yo conozco.

Y una lengua húmeda de perro en la cara. Con olor a perro. A pelo sucio, un aliento dulzón, con reminiscencias de carne podrida entre los dientes, las patas sobre el pecho, una cola negra dibujando un vaivén, dos ojos marrones, infinitos, profundos, reflejo de gratitud a cambio de nada, una palmada en la cabeza. Mi perra volvió de la muerte para decirme que aún me adora, a pesar de que la tierra hace rato que absorbió sus huesos, su pelambre, su ternura de perro, su mirada pacífica.

Regresó a mi memoria una noche, hace algunos inviernos. Mi hijo Pablo pequeño. Tenía tos, el pecho cargado. Le pusimos una cebolla partida al medio al lado de la cama. Brujerías de abuela que hacen que respire mejor. Le dejamos una botella de agua. La noche es lenta. Se levantó, castigando el suelo con sus piecitos descalzos. Se pasó a nuestra cama. Traía en sus manos la cebolla, la botella de agua y su león de felpa. Metido en la cama con nosotros no necesitaba nada más.

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Oquensio

15 septiembre 2009 4 comentarios

Cuando era niño vivía una realidad ligeramente diferente a las de los demás niños. Desde muy chico tuve claro que mis padres eran exiliados provenientes del Uruguay. Había una cierta cantidad de cosas que los hijos de exiliados sabíamos perfectamente. Sabíamos que en la escuela no se podía hablar de ciertos temas, sabíamos que los exiliados teníamos el deber moral de ser solidarios entre nosotros,  – sea lo que sea que significase eso – y sabíamos que, en la práctica, la repercusión más común de este tipo de solidaridad era que, con relativa frecuencia, teníamos que dormir dos niños en la misma cama para ceder la nuestra a alguien que necesitaba “un par de noches” hasta que encontrase un lugar. Hablamos de los 70’s y 80’s, y en esa época desfilaban por mi casa una serie de personajes de lo más pintoresco y variopinto, desde los que eran terriblemente intelectuales, que solían tener poca o ninguna afición por los niños, y hablaban un idioma incomprensible que resultó ser castellano “culto”, hasta los parranderos inagotables que, después de la cena, animados por un vaso de vino, empuñaban la guitarra y cantaban canciones de protesta hasta el amanecer, libres de todo compromiso laboral o escolar. Recuerdo especialmente un cantautor, cuyo nombre mantendremos en el anonimato, que al menos una vez al año – cuando su mujer lo ponía de patitas en la calle – llegaba a casa, como de visita, sin previo aviso, y se quedaba con la parranda y la guitarra semanas y semanas, hasta que un ataque de asma provocaba que lo retirasen en ambulancia, y bajaba los puentes levadizos de la esposa, que entonces le permitía volver.

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Categorías:Mentiras Verdaderas

La venganza de las Isoflavonas de Soja

12 septiembre 2009 10 comentarios

PILUXCuando era un niño, digamos de entre siete y once años, me encantaba ir al supermercado. Todavía no estábamos plagados de Carrefours ni Wal-Marts ni monstruos semejantes. Apenas si existía el Jumbo, y no teníamos costumbre de ir. Entonces se compraba todos los días, o casi todos. Además, vivíamos en un mundo en el que un niño de diez años podía caminar solo cuatrocientos cincuenta metros con algunos pesos apretujados en un puño sudoroso, repitiendo para sí mismo “dos sachets de leche, un paquete de manteca, dos paquetes de fideos mostacholes y una lata de tomate, dos sachets de leche, un paquete de manteca, dos paquetes de fideos mostacholes y una lata de tomate, dos…”, con tal absoluta concentración que no reconocería a su propio padre, y sin embargo el riesgo de que fuese asaltado, secuestrado, asesinado, violado o atropellado continuaba siendo razonablemente bajo. Así las cosas, yo me ofrecía siempre, y mi mamá me mandaba al supermercado. Yo me sentía encantado en aquél mundo pequeño, conocido y abarcable, en el que me movía a mis anchas. En la nevera de lácteos había tres marcas de leche, en versiones normal y descremada, sachet o cartón (que era la que compraban los ricos). Lo mismo pasaba en la de los fideos, había dos marcas: los baratos y los caros.

Después, cuando pasaron algunos años, me hice adolescente (duele recordarlo!), y entonces dejé de ofrecerme para ir a comprar. De hecho, me negaba alegando excusas no siempre creíbles, y no siempre inteligentes. Supongo que mi madre, como tantas otras, de a poco fue resignándose a la disminución progresiva de mi voluntad de colaboración, y a mi preferencia de emplear mi tiempo en actividades de masajeo genital (rascarme los huevos, como quien dice). Pasé algunos años felices sin entrar más que a establecimientos donde comprar tabaco y a veces una botella de cerveza o de gaseosa para tomar con amigos, mientras perdíamos maravillosamente el tiempo en alguna parte, dedicados a la fructífera actividad de ver pasar a los demás y hacernos chistes entre nosotros, con bastante poca gracia. Durante esos años llegaron los hipermercados, y la cultura de compra cambió totalmente.

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