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Posts Tagged ‘filosofía’

El juicio de los Jueces y el inmenso orgullo de su Papá

11 abril 2010 4 comentarios

Muchas veces pienso que algunas de las cosas que más nos hacen sufrir de niños se transforman luego en señas de identidad, en elementos constituyentes de nuestra personalidad, en las claves que nos hacen únicos. En mi caso, fui un niño muy tranquilo, que prefería leer a jugar a la pelota, y los juegos de naipes a los de contacto físico. Eso era raro para los demás niños, y durante toda la escuela primaria fue, para mí, razón de amargura infantil en muchas ocasiones. No pretendo sugerir que mi niñez fuese un calvario – nada más lejos de la realidad –, pero sí contar que, a raíz de tan extrañas y singulares preferencias, en los cumpleaños era de los últimos en ser elegido para cualquier juego de equipo que transcurriese en el plano físico, y era considerado raro en muchas ocasiones. Además, una facilidad natural para la lectura, la escritura y el lenguaje hablado me transformaron automáticamente en candidato a ser de los preferidos de las maestras, cosa que tampoco me sumaba puntos en la dura competición por ser el macho alfa de un grupo de niños de diez años, y me hacía también blanco favorito para burlas, insultos del más variado origen y significado y coscorrones rápidos en la fila del patio.

Solamente seis o siete años después de eso, cuando unos centímetros más de altura, el pelo largo, las boinas al estilo del Che y la plenitud de la adolescencia ya estaba instalada en mi vida, las mismas aficiones, los mismos gustos, la consecuencia inmediata de mis “rarezas” infantiles, me ayudaron a ganarme un espacio en el colegio secundario. Participé en política, trabajábamos haciendo una revista, no me iba del todo mal con las chicas, y hasta gané unas elecciones a delegado del consejo consultivo. Uno nunca sabe qué parte oscura de la personalidad puede esconder sus mejores armas.

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El lado equivocado de la pasión

2 abril 2010 12 comentarios

Soy un apasionado de la pasión humana. Y valga la redundancia, me apasiona la pasión en sí misma, la fuerza emocional y de voluntad que las personas liberamos a causa de una pasión genuina. De todas las emociones que somos capaces de experimentar, es la pasión y no el amor la encargada de preservar la especie. Es un momento de pasión desesperada y no varios años de amarse en calma lo que engendra un hijo. La pasión es, sin lugar a dudas, una fuerza motora viva, un motivo primario, profundo e invencible. Fue la pasión la que llevó el hombre a la luna, la que nos hizo volar, la que inventó el cine y la que aprendió a fabricar tinta y papel para narrar la pasión propia y la ajena. Fue la pasión la causa última de la muerte de Romeo y Julieta, y fue también la causa raíz de la abolición de la esclavitud, de la legalización del matrimonio homosexual y del hallazgo del uso terapéutico de la penicilina. Sin pasión auténtica y profunda, no tendríamos Novena Sinfonía, ni Don Quijote de La Mancha, ni a Diego Armando Maradona, ni el Tango, ni la saga de Harry Potter. Sin pasión no existiría la poesía, ni el gospel, ni el carnaval, ni el puenting, ni la guerra de almohadas. No habría carreras ni cortejos ni danza ni juegos, ni siquiera ideas nobles que defender. Sin pasión no seríamos humanos.

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Lo verdaderamente absurdo es que exista la Sandía

20 marzo 2010 7 comentarios

Conducía desde Madrid a Barcelona, y como cuento entre mis numerosos defectos el ser fumador, pero entre mis escasas virtudes la de no fumar en el coche, me detuve en un área de descanso cualquiera, para alterar mi sistema nervioso con un poco de cafeína en botella y unas cuantas bocanadas de cáncer potencial. Una familia consumía de cualquier manera comestibles y agua sentados en un murito de piedra. Bajé del coche, botella de medio litro de Coca-Cola en mano, y encendí mi cigarro, mientras me ponía a caminar sin ton ni son por delante del coche, fumando y alternando traguitos cortos de mi botella contaminante. Por alguna razón absurda, me dio pudor observar comer a toda una familia, que fingía no notar mi presencia, así que centré mi atención en el suelo, intentando pensar acerca de algunas opciones tecnológicas sobre el proyecto en el que estoy trabajando actualmente. Pero no pude. Me distrajo un patrón caótico y gigantesco de colillas de cigarrillos muertas sobre la frontera final del pavimento, justo donde la tierra comienza a mostrar las huellas de su existencia. Las había a cientos, si no miles. Algunas, evidentemente recientes. Otras, oscurecidas por la intemperie, con el filtro herido por un pisotón infame, restos de carmín de labios, rastros invisibles de ADN humano, alguna que otra hebra de tabaco rubio escapado a través de un papel de arroz rasgado con infortunio.

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El Aprendiz de Brujo y el Arte de la Conversación

13 marzo 2010 8 comentarios

Muchos en mi círculo de relaciones personales más cercanas se atreven a señalarme como ligeramente maniático, o hasta definitivamente obsesivo compulsivo (ver post ¿Maniático yo?). Mi mujer, incluso, me acusa – injustamente – de ser como Sheldon Cooper. Sin embargo, y aunque a efectos de hacerlo constar frente al mundo en general y frente a mis amigos, familiares y conocidos en particular, niego rotundamente cualquier posible parecido con el protagonista de The Big Bang Theory, he de reconocer que, aunque en cantidad menor, algunos rasgos característicos sí que se dejan adivinar en mi personalidad. Ciertas manías excesivamente geométricas, algunos ligeros trastornos de índole alimenticia, una estética levemente freak, un prisma excesivamente científico para entender e interpretar el mundo, y una profunda pasión – que ya no me molesto en esconder – hacia Star Wars, Batman, Spiderman y demás exponentes de la ciencia ficción moderna y los cómics clásicos.

Pero seguramente en lo que más me parezco al simpático personaje ya mencionado, es en ostentar una intransigente, exagerada e imposible de ocultar intolerancia hacia los homo-habilis que muestran ciertos rasgos de falta de relieve emocional, baja profundidad en las relaciones humanas y proverbial falta de respeto hacia sus interlocutores.

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Sobre la amistad, justo después de regresar

6 marzo 2010 6 comentarios

No sé si es la tan mentada madurez, o si se trata de las pequeñas traiciones, cada vez más frecuentes, del cuerpo maltratado, o simplemente de los primeros avisos tempraneros que nos envía la posibilidad, cada vez menos lejana, de morir algún día; pero lo cierto es que cada vez duermo menos. Aquél placer inconmensurable de acostarse a las siete de la mañana, con los músculos doloridos de tanto bailar, el estómago en un puño de tanto beber y los pies doloridos por el exceso de actividad, para dormir sin interrupción hasta las seis de la tarde, y que pensaba que ya no era posible a causa de la paternidad, resulta que no es posible porque me despierto con el día, cuando la luz rompe la noche, en secreto, al otro lado de la cortina pesada que intenta protegerme de todo un mundo ahí fuera.

Y el primer amanecer en México no fue una excepción.

A pesar de estar con el reloj mareado, los ritmos corporales alterados por nada menos que siete horas de diferencia y las emociones alborotadas por los encuentros, el primer sol del Caribe me encontró abriendo los ojos bajo un aplastamiento de cansancio, un hormigueo reptando por las piernas y la cabeza como si me hubiesen dado un mazazo. Llegué – el segundo de los tres amigos en pisar territorio Mexicano – la noche anterior, a medianoche. Me acosté tarde, biológicamente perjudicado por veinticuatro horas de transporte, y abrí los ojos sin piedad a las siete y quince minutos de la mañana, creyendo que estaba a punto de morir de cansancio.

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El Paraíso de los Opinólogos y la especialización de los especialistas

24 enero 2010 15 comentarios

Siento nostalgia – aunque no lo llegué a conocer – de un mundo menos abstracto, en el que los seres humanos teníamos profesiones concretas. Cada pueblo tenía un herrero, un médico, un cura y, con suerte, un enterrador, un sastre y un maestro. Gente común que desempeñaba tareas comunes y necesarias. Sin embargo, la modernidad y la tecnología – de la que me confieso usuario, constructor y ferviente admirador – nos han ido regalando la terrible perversión del tiempo libre, un remanente enorme de horas que es preciso llenar de algo para no entrar en pánico. Lo que a simple vista debería ser algo para disfrutar y vivir, se ha transformado de alguna manera en el azote de la vida moderna: tenemos más miedo del aburrimiento que del cáncer de pulmón, el sida y la gripe A juntas.

Puede sonar un poco cínico, pero lo siento así. Millones de personas en el mundo no renuncian al hábito de fumar por miedo al cáncer de pulmón, ni usan sistemáticamente condones por temor a las enfermedades de transmisión sexual, pero la perspectiva de un fin de semana sin otra cosa que hacer que mirar el techo las llena de pavor. Desesperados, llamamos a amigos, conocidos y vecinos, si hace falta, con tal de tener un plan, algo que hacer, un lugar a donde ir en el que nos vendan un tramo de entretenimiento enlatado para nosotros especialmente.

La telebasura es el gran beneficiario del miedo, y también uno de los grandes empleadores de mano de obra ociosa a causa de la tecnología. Muchas personas que hace doscientos años no hubiesen sido ni líderes naturales, ni espirituales, ni especialmente respetados por su sabiduría, y por lo tanto hubiesen estado condenados a desempeñar oficios manuales y honrados, como limpiar pescado o herrar caballos o plantar naranjas, hoy han encontrado, por la perversa combinación de tecnología y miedo al aburrimiento, una nueva, generosamente remunerada y prestigiosa profesión: Opinólogos.

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Volver a la nada de los últimos veinte años

6 enero 2010 25 comentarios

Serán los números redondos, será el cambio de década o simplemente la nostalgia tópica de los exiliados en época de fiestas, pero lo cierto es que me encuentro reflexivo, nostálgico y tanguero. Desde hace días suena en mi cabeza, en un concierto privado y silencioso, lento, eterno y soñador, con un ataque de bandoneones heridos de invierno, el tango “Volver”. Y es una tontería, porque más que en volver a alguna parte, pienso en los últimos veinte años, que según la genial pieza de Carlitos Gardel no son nada, pero irónicamente vuelven una y otra vez.

Y no es solo que vuelvan, es que los muy jodidos se encaprichan en no volver solos. Vuelven con lágrimas y risas, con aroma de arroz hervido y ojos y manos y bocas que preguntan, con amigos que están lejos o que ya no están, con amores olvidados y amores presentes, vuelven recordándome que era hijo, justo ahora que estoy aprendiendo a ser padre a medida que me equivoco. Vuelven con ira y vino y humo de marihuana, con vasos tintineando y partidas de póker bajo una luz mortecina y fichas de plástico barato, con discos de vinilo y pantallas de color ámbar, con pósters de papel pintado y memorias en sepia. Vuelven para quedarse.

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