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El verdadero flagelo de la Humanidad

11 noviembre 2009 3 comentarios

Apocalipse

Si el Siglo XX fue Cambalache, problemático y febril, el XXI no se está quedando atrás en ninguna de las categorías en las que es posible clasificar los males de este mundo, pero con la ventaja añadida de que ahora vivimos de pleno la era de la hiperinformación, que por cierto, no importa mucho si es buena o mala, o la fiabilidad de la fuente, sino que sea mucha, variada, atractiva y, si es posible, de colores. Hoy por hoy, cualquier persona lee un titular en cualquier sitio de internet y sale vociferando a gritos:

–          ¡Cacho! ¡Que parece que al final Einstein era un maricón reprimido que inventó la bomba atómica para vengarse de su padre, que por cierto le pegaba y le metía los cuernos a la mamá con la pescadera!

Cacho, que ya no se sorprende de nada, escucha atentamente y dos horas más tarde, en el bar con los amigos, suelta:

–          Dicen que el científico ese que inventó la vacuna contra la rabia, sí, ese de los pelos de loco que sacaba la lengua. Parece que el padre lo violaba desde chiquito y por eso le pidió a los yanquis plata para hacer una bomba atómica para matar a la pescadera. Y eso no es nada, la madre era una loca de mierda que le buscaba amantes al esposo mientras hacía la compra.

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Capítulo alfa-gamma-delta 05. Acción en Buenos Aires (1986).

24 octubre 2009 Deja un comentario

mujer_fumandoErnesto comenzó la escuela secundaria en marzo, en un colegio del barrio de Barracas, aturdido por la diferencia entre formar filas ordenadas de niños con guardapolvo blanco para cantar el himno nacional, entre los que él era de los más grandes, y el bullicio de un millar de adolescentes ocupando una calle entera, provocando trastornos en la circulación de tráfico rodado mientras fumaban el primer cigarrillo de la mañana, entre los que él era de los más pequeños. El primer descubrimiento que hizo Ernesto en su nueva escuela fue hormonal, instintivo, desde la entrepierna y las tripas, con todo el sistema endócrino alterado, la sangre sublevada y los miles de millones de terminales nerviosos de su cuerpo en estado de alerta permanente. Repentinamente, las niñas peinadas con dos coletas que jugaban a saltar un elástico en los recreos fueron reemplazadas sin piedad por auténticas mujeres con todo en su sitio, caderas redondeadas, pechos explosivos que amenazaban con reventar los botones de las blusas, uñas pintadas, jugosos labios de colores y miradas sugerentes. Fumaban sensualmente y reían con desparpajo. Era como si la vida, en su juego irónico, fuese despiadada con los chicos. Mientras los estudiantes varones de primer año hacían esfuerzos enormes para sacudirse del alma la niñez, jugando a fumar y a tomar cerveza siempre demasiado amarga en el quiosco de la esquina, a la salida de la escuela, y luchando por ocultar sus voces aún infantiles, finitas, deseando más que nada en este mundo que una barba verdadera rompiese al fin sus rostros aún infantiles, las chicas parecían pasar de la infancia a la adolescencia sin transición alguna. Todas tenían tetas. Todas eran sensualidad pura, caídas de ojos hacia los alumnos de quinto, bocas pobladas de dientes blancos, nalgas redondas atrapadas en pantalones ajustados, melenas de pelo movido por la brisa, tirantes de corpiño que asomaban a escotes demasiado abiertos. Era como un anuncio de cigarrillos en el que la protagonista femenina es una mujer sensual, incitante y seductora, y el masculino, en lugar de fumar y luego besarla, extrae de su bolsillo una piruleta y un yo-yo. Ernesto sentía que ninguna de esas hembras auténticas ni siquiera lo miraría hasta que llegase, al menos, al tercer o cuarto año de secundaria, y para eso faltaba media vida.

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