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Posts Tagged ‘honestidad’

El juicio de los Jueces y el inmenso orgullo de su Papá

11 abril 2010 4 comentarios

Muchas veces pienso que algunas de las cosas que más nos hacen sufrir de niños se transforman luego en señas de identidad, en elementos constituyentes de nuestra personalidad, en las claves que nos hacen únicos. En mi caso, fui un niño muy tranquilo, que prefería leer a jugar a la pelota, y los juegos de naipes a los de contacto físico. Eso era raro para los demás niños, y durante toda la escuela primaria fue, para mí, razón de amargura infantil en muchas ocasiones. No pretendo sugerir que mi niñez fuese un calvario – nada más lejos de la realidad –, pero sí contar que, a raíz de tan extrañas y singulares preferencias, en los cumpleaños era de los últimos en ser elegido para cualquier juego de equipo que transcurriese en el plano físico, y era considerado raro en muchas ocasiones. Además, una facilidad natural para la lectura, la escritura y el lenguaje hablado me transformaron automáticamente en candidato a ser de los preferidos de las maestras, cosa que tampoco me sumaba puntos en la dura competición por ser el macho alfa de un grupo de niños de diez años, y me hacía también blanco favorito para burlas, insultos del más variado origen y significado y coscorrones rápidos en la fila del patio.

Solamente seis o siete años después de eso, cuando unos centímetros más de altura, el pelo largo, las boinas al estilo del Che y la plenitud de la adolescencia ya estaba instalada en mi vida, las mismas aficiones, los mismos gustos, la consecuencia inmediata de mis “rarezas” infantiles, me ayudaron a ganarme un espacio en el colegio secundario. Participé en política, trabajábamos haciendo una revista, no me iba del todo mal con las chicas, y hasta gané unas elecciones a delegado del consejo consultivo. Uno nunca sabe qué parte oscura de la personalidad puede esconder sus mejores armas.

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El Aprendiz de Brujo y el Arte de la Conversación

13 marzo 2010 8 comentarios

Muchos en mi círculo de relaciones personales más cercanas se atreven a señalarme como ligeramente maniático, o hasta definitivamente obsesivo compulsivo (ver post ¿Maniático yo?). Mi mujer, incluso, me acusa – injustamente – de ser como Sheldon Cooper. Sin embargo, y aunque a efectos de hacerlo constar frente al mundo en general y frente a mis amigos, familiares y conocidos en particular, niego rotundamente cualquier posible parecido con el protagonista de The Big Bang Theory, he de reconocer que, aunque en cantidad menor, algunos rasgos característicos sí que se dejan adivinar en mi personalidad. Ciertas manías excesivamente geométricas, algunos ligeros trastornos de índole alimenticia, una estética levemente freak, un prisma excesivamente científico para entender e interpretar el mundo, y una profunda pasión – que ya no me molesto en esconder – hacia Star Wars, Batman, Spiderman y demás exponentes de la ciencia ficción moderna y los cómics clásicos.

Pero seguramente en lo que más me parezco al simpático personaje ya mencionado, es en ostentar una intransigente, exagerada e imposible de ocultar intolerancia hacia los homo-habilis que muestran ciertos rasgos de falta de relieve emocional, baja profundidad en las relaciones humanas y proverbial falta de respeto hacia sus interlocutores.

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Sobre la amistad, justo después de regresar

6 marzo 2010 6 comentarios

No sé si es la tan mentada madurez, o si se trata de las pequeñas traiciones, cada vez más frecuentes, del cuerpo maltratado, o simplemente de los primeros avisos tempraneros que nos envía la posibilidad, cada vez menos lejana, de morir algún día; pero lo cierto es que cada vez duermo menos. Aquél placer inconmensurable de acostarse a las siete de la mañana, con los músculos doloridos de tanto bailar, el estómago en un puño de tanto beber y los pies doloridos por el exceso de actividad, para dormir sin interrupción hasta las seis de la tarde, y que pensaba que ya no era posible a causa de la paternidad, resulta que no es posible porque me despierto con el día, cuando la luz rompe la noche, en secreto, al otro lado de la cortina pesada que intenta protegerme de todo un mundo ahí fuera.

Y el primer amanecer en México no fue una excepción.

A pesar de estar con el reloj mareado, los ritmos corporales alterados por nada menos que siete horas de diferencia y las emociones alborotadas por los encuentros, el primer sol del Caribe me encontró abriendo los ojos bajo un aplastamiento de cansancio, un hormigueo reptando por las piernas y la cabeza como si me hubiesen dado un mazazo. Llegué – el segundo de los tres amigos en pisar territorio Mexicano – la noche anterior, a medianoche. Me acosté tarde, biológicamente perjudicado por veinticuatro horas de transporte, y abrí los ojos sin piedad a las siete y quince minutos de la mañana, creyendo que estaba a punto de morir de cansancio.

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Sobre la amistad, justo antes de partir

21 febrero 2010 19 comentarios

Ahora, en este preciso momento, estoy velando mis armas, en vísperas de vísperas de un nuevo viaje. Cada vez que se acerca el momento de abordar un vuelo transoceánico, un mecanismo engrasado y preciso se pone en movimiento, me retrata sigilosamente en un gesto de alerta involuntario, dibujando con mal pulso un silencio de negra en el pentagrama secreto donde escribo la banda sonora de mi vida.

Y no es que tema volar. Probablemente si sumo las horas que he pasado en aeropuertos y aviones, obtendría dos o tres meses de buena vida. No me produce el menor nerviosismo el hecho de sumar mis noventa kilogramos al espeluznante cóctel de más de trescientas cincuenta toneladas de metal, carne humana, combustible altamente inflamable y bandejitas con comida tibia que conforman un vuelo de pasajeros transcontinental. Simplemente altera la línea de tiempo de mi consciencia el compás de espera, las largas horas muertas, el murmullo dormido durante una docena de horas de los motores diciendo su letanía contaminante, los rostros desconocidos por doquier, la suma de pares de ojos que ocultan verdades y vergüenzas variadas, la pantomima de amabilidad y servicio degradadas a un espacio cúbico ínfimo. Y es que no puedo concebir una manera más efectiva de perder el tiempo.

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No Robarás

6 febrero 2010 9 comentarios

A nosotros nos encanta robar objetos de culto. Que se me entienda bien, no somos ladrones ni muchísimo menos. Ni siquiera cleptómanos de poca monta. Simplemente disfrutamos de pequeñas actividades de latrocinio inofensivo, y siempre siguiendo unas estrictas normas éticas y de conducta:

–          La víctima del hurto es indefectiblemente alguien que no sale perjudicado económicamente.

–          Los objetos sustraídos nunca nos proporcionan valor monetario, sino sentimental o espiritual.

–          No lo hacemos por diversión o por deporte, sino cuando está especialmente dotado de significado.

Sin ir más lejos, recuerdo un caso que ejemplifica perfectamente el mensaje que nos daban mis padres al respecto. Siendo niños, digamos de siete y nueve años, un verano estábamos mi hermano y yo jugando en la plaza frente a nuestra casa. Vivíamos en una planta doce, desde la que se dominaba perfectamente toda la plaza, incluyendo la calle que había detrás y el frigorífico que estaba cruzándola. Precisamente en esa calle, estacionó un camión cargado de naranjas. Miles de ellas. Sobresalían las naranjas por la caja abierta del camión. El chófer, tranquilo, se metió dentro del frigorífico. Mi hermano y yo no resistimos la tentación de hacernos con algunas naranjas, así que allá fuimos, con la mala suerte de que mi padre lo presenció todo desde nuestro balcón. Cuando volvimos a casa estaba hecho una furia. Pero no de gritarnos, ni de castigarnos. Estaba dolorido y decepcionado. Nunca olvidaré su cara de tristeza mientras nos decía:

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Categorías:Mentiras Verdaderas

Charlas de Hombre a Hombre II: Un nuevo enfoque

1 diciembre 2009 6 comentarios

Recordarán quienes sigan las vicisitudes de la accidentada vida emocional de mi hijo Pablo (ver Charlas de Hombre a Hombre y Charlas de Mujer a Mujer), que dejamos el relato de sus tribulaciones amorosas en el álgido punto en que su pretendida, acosada por el ímpetu seductor de más de dos y de más de tres pequeños romeos, se decidía por el que la atacaba menos, y le enseñaba el intrincado y fascinante mundo de los gusanos de tierra.

Ensombrecido por la derrota, Pablo eligió el camino que tantas veces nos hemos prometido algunos a nosotros mismos: “Nunca más me voy a enamorar de nadie”. Simplemente lo decidió y ya está, de un día para otro, Celia quedó borrada para siempre de su dolorido corazón.

Nosotros, como padres modernos y sin prejuicios que somos, siempre le hemos dicho a Pablo que se pueden casar también hombres con hombres y mujeres con mujeres, y que, llegado el caso, pueden adoptar niños. Así que rápidamente halló la solución definitiva y perfecta para su mal de amores:

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El Aprendiz de Brujo y el dilema de exponerse con honestidad

1 noviembre 2009 8 comentarios

wall_honestyHace poco más de dos meses, cuando decidí iniciar el viaje de escribir este blog, expliqué en La verdad de la milanesa los motivos iniciales que me llevaron a hacerlo. Por esos días solamente buscaba una salida franca a una necesidad de escribir que crecía en mí sin un canal claro de expresión. El ejercicio de escribir la novela es enriquecedor y satisfactorio, pero muy solitario. Necesitaba feedback, y necesitaba escribir cosas que no tenían lugar en la novela. Sinceramente, y aún disponiendo de una retrospectiva tan corta, creo que fue un acierto. Me brindó un mundo de sensaciones, de pequeñas decepciones y recompensas desmedidas.

Aprendí mucho, porque aunque parezca increíble, desde la autoría de textos que dejan de pertenecerte una vez que son públicos, se palpa de una manera muy especial como ese texto respira, cuándo gusta mucho y cuándo no gusta tanto. Es cierto que cada vez que una persona hace algo – lo que sea que elija hacer – y lo expone públicamente, se arriesga a no gustar. Esto no me asustaba especialmente, porque estoy seguro de que, por cada persona a la que le gusta lo que hago, habrá o puede haber una, dos, cien, o miles a las que no les guste. Es normal, y supongo que de alguna manera ese equilibrio es lo que define no la calidad, pero sí la empatía que pueda despertar en los demás la escritura que mal o bien soy capaz de producir.

No nos engañemos, al final, cuando se escribe y se publica lo que se escribe, de alguna manera estamos buscando el reconocimiento en la mirada de los demás. Personalmente creo que está bien que así sea, porque sin alguien que escuche, el que narra deja de ser necesario.

Ahora bien, también supe desde el principio que además de palmadas en la espalda (que he recibido muchas, y estoy muy agradecido por cada una de ellas), en algún momento recibiría críticas. Habiendo hecho más de diez años de taller literario, conozco el ejercicio de escuchar una crítica. Sé lo que duelen cuando alguien te marca algo que no está bien hecho, o que podría ser mejor, y que más duele cuanto más inteligente y aguda es esa crítica, pero sé también que, cuando las críticas nacen de buena uva, y apuntan a ayudar, se aprende mucho de ellas. Siempre me dolerá un poco recibirlas, pero siempre estaré agradecido por recibirlas, si son en términos constructivos.

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