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Lo verdaderamente absurdo es que exista la Sandía

Conducía desde Madrid a Barcelona, y como cuento entre mis numerosos defectos el ser fumador, pero entre mis escasas virtudes la de no fumar en el coche, me detuve en un área de descanso cualquiera, para alterar mi sistema nervioso con un poco de cafeína en botella y unas cuantas bocanadas de cáncer potencial. Una familia consumía de cualquier manera comestibles y agua sentados en un murito de piedra. Bajé del coche, botella de medio litro de Coca-Cola en mano, y encendí mi cigarro, mientras me ponía a caminar sin ton ni son por delante del coche, fumando y alternando traguitos cortos de mi botella contaminante. Por alguna razón absurda, me dio pudor observar comer a toda una familia, que fingía no notar mi presencia, así que centré mi atención en el suelo, intentando pensar acerca de algunas opciones tecnológicas sobre el proyecto en el que estoy trabajando actualmente. Pero no pude. Me distrajo un patrón caótico y gigantesco de colillas de cigarrillos muertas sobre la frontera final del pavimento, justo donde la tierra comienza a mostrar las huellas de su existencia. Las había a cientos, si no miles. Algunas, evidentemente recientes. Otras, oscurecidas por la intemperie, con el filtro herido por un pisotón infame, restos de carmín de labios, rastros invisibles de ADN humano, alguna que otra hebra de tabaco rubio escapado a través de un papel de arroz rasgado con infortunio.

Entonces pensé que cada una de esas colillas tenía una historia detrás. A lo largo de los últimos meses, una persona se detuvo a fumar allí por cada una de esas colillas. Una pareja que venía discutiendo en un coche se detuvo porque él estaba exasperado al volante. Ella se bajó, intentando no llorar, para no darle ese gusto, y fumó nerviosamente. Aplastó el cigarrillo por la mitad y volvió al coche, para seguir su camino, ofuscados ambos y en silencio. Una chica joven, que estudia en otra ciudad, regresa apresurada a casa porque su abuela está enferma. Se detiene, fuma, apura el cigarrillo hasta el filtro. Enciende otro, camina nerviosa, quizás llama a su madre, mientras el susurro del viento constante en su teléfono móvil impide la conversación, plagada de silencios y ruido de estática. Yo vuelvo de varios días en Madrid por trabajo, ansioso por reencontrarme con mi mujer y mis hijos, e intento no molestar a una familia entera que come bocadillos preparados a toda prisa, sentados sobre el murito de piedra. No soy capaz de imaginarlas todas, pero me impresiona la sensación de que detrás de cada uno de esos desechos se oculta una historia vital, una porción minúscula de la vida de una persona, un momento de relax, de dolor, de placer, de aburrimiento, de nostalgia, tal vez un par de lágrimas. Es probable que, evidentemente perjudicado por mi insana afición a la ciencia ficción, recrearme en la posibilidad casi esotérica de que cada uno de esos objetos relate su historia, solo para mí, sea una pérdida de tiempo. Pero me es imposible no pensarlo, y me es imposible no perseguir ese pensamiento hasta lugares más lejanos, hasta los comienzos de todo.

Entonces imagino ese mismo lugar, solamente ciento cincuenta años atrás, y me doy cuenta de que casi todo lo que veo tiene una historia que contar. Cada piedra, cada elemento del paisaje fue traído. Alguien lo puso allí. Ese alguien también tenía una historia vital, ese día estaba preocupado o feliz por algo. Ese elemento puesto allí por ese alguien, también proviene de alguna parte. La arena para mezclar el cemento que pisoteo proviene de una playa que ha visto personas amarse, jugar entre ellas y ahogarse sin remedio.

Encendí otro cigarrillo, porque pensaba conducir sin volver a detenerme durante las dos horas siguientes. Lo miré. Un cilindro casi perfecto, la línea del filtro delimitada claramente, las rayitas paralelas de su cuerpo blanco, trazadas en orden. De golpe, y sin aviso, me di cuenta de que sería incapaz de diferenciar una planta de tabaco de una de remolachas. Desconozco los datos históricos, pero seguramente alguien, alguna vez, después de intentar comerse la planta de tabaco y que resultase horrible, después de intentar hacerla té y que resultase espantosa, después de vaya uno a saber qué cantidad de cosas, se le ocurrió quemarla, y le gustó el aroma, y después se le ocurrió fumarla, y aunque tosió y le lloraron los ojos, le pareció que le sentaba bien despedir humo a voluntad por la nariz y la boca. No consigo imaginar el resto del proceso hasta la fabricación industrial de cigarrillos todos igualitos, pero casi cualquier cosa en la que pongamos nuestra atención es una auténtica maravilla con implicaciones enormes. Parece ser que nuestros abuelos, y los abuelos de nuestros abuelos, y sus abuelos, tenían una curiosidad proverbial por el mundo que los rodeaba. Vivían en un mundo en el que lo que podía ser tenía potencialmente mucho más peso que lo que realmente era. Estaba todo por probar. Se habrán muerto envenenados por hacer mermelada tóxica de bayas exóticas. Habrán sufrido accesos de vómito y diarrea a raíz de unos frutos verdes y oblongos, pero también molieron granos de café y generaron una cultura eterna, y cocinaron la carne, y pelaron las papas, y crudas eran incomibles. Las cocieron y descubrieron el puré.

Alguien, alguna vez, en alguna parte, encontró un Kiwi, y a pesar de lo feo que es lo partió en dos y lo probó. Alguien rompió un huevo por primera vez y se comió lo que había dentro. Otra vez, en otro lugar, una persona hizo queso, otra probó el membrillo y alguien decidió mezclar tomate con palta para hacer guacamole. Una vez, no sé donde, otro decidió moler el trigo, conseguir harina, mezclarle cosas y hacer pan.

Por alguna razón, estudiamos los nombres de las personas que sometieron pueblos, las que ganaron guerras, las que conquistaron continentes a fuerza de sangre ajena. Estudiamos también en qué momento la prepotencia humana repartió el continente africano dibujando fronteras con regla, y cómo la humanidad inventó la cárcel y las reglas arbitrarias que hoy llamamos leyes. No se nos escapa el momento solemne en que un iluminado mezcló tiras de colores para hacer la bandera nacional. También sabemos perfectamente quién inventó el teléfono y la radio, y cómo la Santa Madre Iglesia, de la mano de sus ejércitos mercenarios impuso el culto al Dios verdadero tras un baño de sangre multitudinario. Registramos cuidadosamente todas las matanzas en nombre de Dios de la historia de la humanidad, y anotamos las fechas de la muerte donde no se vayan a perder.

Y es nuestra propia soberbia la que nos ha impedido, a lo largo de los años, registrar las auténticas maravillas de la sensibilidad humana. ¿Por qué son más importantes diez mil asesinos matando de manera coordinada que un soñador que probó por primera vez el azúcar? ¿Por qué es un héroe Cristóbal Colón, que posibilitó uno de los holocaustos más grandes de la historia, seguido de siglos de robo organizado, y no lo es quien descubrió que las naranjas se pueden exprimir?

¿Y por qué nos dirigimos hacia un mundo en el que es más importante lo que ya está descubierto que lo que aún está por descubrir? Cuando estaba por terminar mi segundo cigarrillo, mientras la madre de la familia de al lado le limpiaba la boca a uno de sus chiquillos, pensé que estamos suprimiendo de nuestras vidas esa curiosidad que nos hace tan humanos. Nadie se pregunta, al encender un televisor, cómo es posible que utilicemos el aire para transportar imagen y sonido. Nadie valora la acumulación de conocimiento que hay detrás de un interruptor de la luz al encenderla. No pensamos, al abrir un grifo, que los abuelos de nuestros abuelos iban a buscar el agua a un pozo con un balde. Estamos entrando en la época en la que, finalmente, ya está todo inventado. Ya nadie se sorprende de lo nuevo, hemos olvidado el esfuerzo de imaginación que supuso inventar la rueda, construir la primera escalera, idear el ascensor, inventar el cuchillo, pelar una zanahoria. Y junto con la memoria estamos perdiendo la pulsión curiosa fundamental. La mayoría de nosotros no prueba en su vida cosas que no se venden en los supermercados, ni intenta resolver un problema práctico desconocido, ni se pregunta si las plantitas de abajo tendrán sabor. La mayoría de nosotros, a lo largo de su vida, solamente experimentará lo que ya está probado y aceptado por el conjunto.

Sumé mi segunda colilla al mapa de desechos que había al borde del camino, hice un gesto con la cabeza a la familia que terminaba su vianda, a modo de saludo, y me subí a mi coche, pensando en que lo verdaderamente absurdo no es que alguien, alguna vez, haya partido una sandía para ver lo que había dentro. Lo verdaderamente absurdo, lo increíblemente mágico de este mundo es que exista la sandía.

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  1. 20 marzo 2010 en 21:10

    me encanto!!!!! como puedes poner en palabras lo que tantas veces he pensado y ademas poder sentirme tan bien con tu relato….
    besosssss

    • 21 marzo 2010 en 08:34

      Gracias Cris!

      Créase o no, este tipo de cositas pequeñas son de las que más me obsesionan. Habrá más posts de este tipo en el futuro… 🙂

      Beso,
      Aprendiz de Brujo

  2. JORGEELSORDO
    20 marzo 2010 en 23:02

    Comparto el encantamiento de Cris… Además de saber leer el pensamiento lo que admiro en tí es la sencillez y claridad con que expresas cosas profundas… Gracias…

    • 21 marzo 2010 en 08:36

      Gracias, Jorge.

      Me alegra que pueda llegar de manera sencilla. A veces pienso que el lenguaje mismo me enreda, sin darme cuenta. Lo que cuenta es que al final de un texto quede un concepto vivo, una idea, una sensación, un sentimiento, una emoción, alguna de esas cosas, pero transparente, clara. Si eso pasa, entonces el texto ha cumplido su razón de ser.

      Abrazo,
      Aprendiz de Brujo

  3. Roxana Bassi
    22 marzo 2010 en 14:32

    Bueno, parte de lo que comentas es algo que yo aun noto entre los habitantes del “viejo” mundo y el “nuevo”. Yo me casé con un romano y algo de lo que me di cuenta es que parte de su cultura innata es que ya todo esta hecho, de que miles de personas vivieron sobre el suelo que en el que él vive, que si las cosas no se hacen diferente por algo será (otros ya lo habrán intentado, no?), que no hay nada nuevo para inventar. El emprendedor no existe, el cambio es lento, la idea de que uno puede cambiarse a si mismo o a su entorno es casi nula… que pena no?

  4. ROXANA
    22 marzo 2010 en 16:42

    Buenisimooo…. gracias por compartir este pensamiento tan sencillo y tan profundo, pero que aveces es tan dificil darce cuenta que que hay mucho por hacer y que todo tiene una historia…. verdaderamente me encanto…
    Besoss

  5. 22 marzo 2010 en 21:36

    Uno no puede menos que reflexionar sobre ese pensamiento científico. Porque ninguno de esos avances cotidianos está en nuestra memoria genética, todo es cultura. Si la cultura se destruye, el mundo tal y como lo conocemos desaparece. Nuestra fuerza es a su vez fragilidad. La mayor debilidad es la prepotencia. Olvidar lo que debemos a innumerables gentes anónimas y recordar la gloria de los que han destruido culturas, puede ser un error de consecuencias impredecibles.

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