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El día de la bolsa verde

31 octubre 2009 8 comentarios

la_gran_bolsa_verdeEl día de la bolsa verde estábamos con Pablo y Daniel en la plaza, como tantas otras veces.  Como seguramente no hace falta que explique, mientras los seres humanos del sexo femenino tienen una inexplicable tendencia a desplazarse cargados con diversos objetos entre los que se cuentan bolsos, bolsitas de mano, carteras, chaquetas de los hijos y demás pertrechos, los del sexo masculino tenemos una muy marcada preferencia por no tener nada en las manos. Somos capaces de llevar los bolsillos de los pantalones a reventar, mientras nos clavamos las llaves en los muslos a cada paso y se nos raya la pantalla del teléfono móvil, con tal de no cargar con nada. Así las cosas, el día de la bolsa verde, cuando me disponía a ir a la plaza solo con mis dos hijos, Gloria me recordó que los niños hacen inevitablemente necesaria una extensa provisión de artículos de primerísima necesidad, que incluye, pero no se limita a: una botella de agua, galletas de al menos dos tipos diferentes, pañuelos de papel, toallitas húmedas, curitas (conocidas en España bajo el nombre inverosímil de tiritas, que es un genérico que no define, a mi gusto, de qué son), muñequitos diversos, cochecitos, etc. Muy a mi pesar, me llevé la bolsa verde, y una vez en la plaza la colgué del respaldo del banco de madera, para que no me molestase mientras me dedicaba a una noble tarea de rascamiento genital, observando jugar a mis hijos.

Regresamos a casa a la hora de comer, y como hacemos en general los sábados, los niños durmieron la siesta, se levantaron, merendaron y decidimos volver a ir a la plaza. Entonces Gloria me preguntó: “¿Y la bolsa verde?”. Yo argumenté que la genética masculina no está preparada para transportar objetos de mano, razón por la que, por ejemplo, prefiero mojarme antes de llevar un paraguas que seguramente olvidaré en cualquier parte. La veracidad e irrefutabilidad de mi argumento no parecieron ser suficientes para evitar un gesto de amarga decepción en el rostro de mi esposa, que Pablo observó con profunda atención, mientras ella decía: “¡Con lo que me gustaba esa bolsa verde!”. Al bajar a la plaza la rastreamos como mastines de presa, pero no apareció por ningún lado, cosa que nos extrañó porque en general en el pueblo en el que vivimos solamente se roba de las puertas del ayuntamiento para adentro, mientras que el resto del territorio es bastante seguro y respetuoso con la propiedad ajena. Pensé que seguramente alguien habría advertido el olvido y en algún momento traería la dichosa bolsa.

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Ideología

26 octubre 2009 26 comentarios

ideologia

Con motivo de su publicación en una revista digital, este artículo ha sido corregido. Puedes leer la versión nueva haciendo click aquí.

Desde chiquito, muy chiquito, tuve una ideología. Me la regalaron mis papás en una cajita de cartón color madera, atada con una cinta verde. Es el primer regalo que recuerdo en mi vida, cuando cumplí los cuatro años. Abrí la caja y allí estaba, blanca, con pintitas muy pequeñas de colores limpios que salpicaban un pelaje algodonado y suavecito al tacto. Yo la quería mucho, porque era una ideología graciosa, juguetona y dulce. Cuando me veía se estremecía y me saltaba a los brazos, feliz. Yo la acariciaba y la besaba. La cuidaba como a nada en este mundo. Era una buena ideología. Era una ideología que hablaba de ser un buen hombre en el futuro, en un planeta un poco más cuerdo y más justo. Era una ideología generosa, que me hacía pensar en los demás.

Dormía conmigo en mi cama de niño, y me ayudaba a tener sueños bonitos. Cuando aparecía un sueño malo, al despertar sobresaltado mi ideología me consolaba, se acurrucaba contra mí y me contaba historias divertidas en las que los buenos ganábamos siempre, me prometía una vida genial cuando fuese mayor.

Cuando empecé la escuela primaria, un día la quise llevar, convencido de que mi ideología tenía que conocer ese lugar donde pasaba tan largos ratos de mi vida. Mis padres me dijeron que no. “Una ideología es muy importante, algo que hay que cuidar mucho. No la saques de casa, a ver si la vas a perder”, dijeron, balanceando el dedo índice, como hacen los mayores cuando quieren dar énfasis a una orden, pero que parezca un consejo sensato. Yo no hice caso. Me gustaba tanto mi ideología que me la escondí en la ropa, contento por el cosquilleo agradable que me hacía en contacto con la piel, agarrándose con sus manitos suaves de ideología buena.

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Capítulo alfa-gamma-delta 05. Acción en Buenos Aires (1986).

24 octubre 2009 Deja un comentario

mujer_fumandoErnesto comenzó la escuela secundaria en marzo, en un colegio del barrio de Barracas, aturdido por la diferencia entre formar filas ordenadas de niños con guardapolvo blanco para cantar el himno nacional, entre los que él era de los más grandes, y el bullicio de un millar de adolescentes ocupando una calle entera, provocando trastornos en la circulación de tráfico rodado mientras fumaban el primer cigarrillo de la mañana, entre los que él era de los más pequeños. El primer descubrimiento que hizo Ernesto en su nueva escuela fue hormonal, instintivo, desde la entrepierna y las tripas, con todo el sistema endócrino alterado, la sangre sublevada y los miles de millones de terminales nerviosos de su cuerpo en estado de alerta permanente. Repentinamente, las niñas peinadas con dos coletas que jugaban a saltar un elástico en los recreos fueron reemplazadas sin piedad por auténticas mujeres con todo en su sitio, caderas redondeadas, pechos explosivos que amenazaban con reventar los botones de las blusas, uñas pintadas, jugosos labios de colores y miradas sugerentes. Fumaban sensualmente y reían con desparpajo. Era como si la vida, en su juego irónico, fuese despiadada con los chicos. Mientras los estudiantes varones de primer año hacían esfuerzos enormes para sacudirse del alma la niñez, jugando a fumar y a tomar cerveza siempre demasiado amarga en el quiosco de la esquina, a la salida de la escuela, y luchando por ocultar sus voces aún infantiles, finitas, deseando más que nada en este mundo que una barba verdadera rompiese al fin sus rostros aún infantiles, las chicas parecían pasar de la infancia a la adolescencia sin transición alguna. Todas tenían tetas. Todas eran sensualidad pura, caídas de ojos hacia los alumnos de quinto, bocas pobladas de dientes blancos, nalgas redondas atrapadas en pantalones ajustados, melenas de pelo movido por la brisa, tirantes de corpiño que asomaban a escotes demasiado abiertos. Era como un anuncio de cigarrillos en el que la protagonista femenina es una mujer sensual, incitante y seductora, y el masculino, en lugar de fumar y luego besarla, extrae de su bolsillo una piruleta y un yo-yo. Ernesto sentía que ninguna de esas hembras auténticas ni siquiera lo miraría hasta que llegase, al menos, al tercer o cuarto año de secundaria, y para eso faltaba media vida.

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Casi casi atrapar una idea

22 octubre 2009 12 comentarios

lluviaEstaba sentado en el sofá, mirando por la ventana. Afuera, la lluvia diagonal que solamente aparece cuando el viento empuja su quejido transparente. Dentro, penumbra. Podía escuchar mi respiración, imaginando el aire entrar en mis pulmones, oxigenando mis glóbulos rojos. Era consciente de cada una de las fibras de mi carne en reposo, tensándose en el antebrazo para llevarme el cigarrillo a los labios, relajando el bíceps para dejarlo en el cenicero.

Pasó por mi cabeza el sonido alegre, de chispas pintadas de dorado, de la grasa de vaca burbujeando en la sartén, cuando los domingos de lluvia, por la tarde, mi viejo hacía tortafritas. Mis hermanos y yo alrededor, esperando ansiosos. Cucharadas de azúcar que se quedaba pegada en la masa grasienta y crocante, y el recuerdo material de sus manos de hombre en mis manos de niño, una barba oscura que ahora es entrecana. Los ojos, iguales. Lo demás, accesorio.

Me asaltó el recuerdo de una mano femenina investigándome la piel, la curiosidad manifiesta por delante del placer. Una calle del barrio de Palermo en otoño, alfombrada de hojas secas, algunas apelmazadas por lluvias esporádicas, otras combadas, arañando las baldosas sucias con sus uñas ocres, empujadas por el viento. Otra vez dedos de mujer, casi niña, sobre mis párpados, buscando debajo de mis ojos lo que no se transparenta, la verdad única que ni siquiera yo conozco.

Y una lengua húmeda de perro en la cara. Con olor a perro. A pelo sucio, un aliento dulzón, con reminiscencias de carne podrida entre los dientes, las patas sobre el pecho, una cola negra dibujando un vaivén, dos ojos marrones, infinitos, profundos, reflejo de gratitud a cambio de nada, una palmada en la cabeza. Mi perra volvió de la muerte para decirme que aún me adora, a pesar de que la tierra hace rato que absorbió sus huesos, su pelambre, su ternura de perro, su mirada pacífica.

Regresó a mi memoria una noche, hace algunos inviernos. Mi hijo Pablo pequeño. Tenía tos, el pecho cargado. Le pusimos una cebolla partida al medio al lado de la cama. Brujerías de abuela que hacen que respire mejor. Le dejamos una botella de agua. La noche es lenta. Se levantó, castigando el suelo con sus piecitos descalzos. Se pasó a nuestra cama. Traía en sus manos la cebolla, la botella de agua y su león de felpa. Metido en la cama con nosotros no necesitaba nada más.

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Enano Cabezón

14 octubre 2009 4 comentarios

et1Hola, Enano Cabezón. Hoy es un día especial. Y como es especial, vamos a cagarnos juntos en la literatura, en el género epistolar, en todos los que leen este blog, en las buenas formas y en la manera de decir las cosas, y vamos a hablar sin artificios ni reglas no escritas. Es especial para mí porque soy tu padre, y como soy tu padre todavía tengo la potestad de decidir lo que es especial y lo que no. Y es especial para vos, porque son ya tres años de romper los huevos en este mundo, y también porque todavía no te das cuenta de que es especial. Al menos no de la forma acartonada y formal que tenemos los adultos para los días especiales. Nos vestimos y nos perfumamos y nos preparamos para sentirnos especiales, solamente porque los accesorios de ese día lo son. Te das cuenta que es especial porque ese día mamá te da un beso especial, y yo te lijo la mejilla con besos especiales y te estropeo los huesitos con abrazos especiales, y Pablo también te besa y te dice que es un día especial.

Y en la escuela te dirán que es especial. Y vendrá tu abuelo también a decirte que es especial. Y también lo harán tus Yayos, y todas las personas que te vean en la plaza.

Por eso, con treinta y seis años llevados como pude y siendo origen de muchas muescas grabadas con la uña en los revólveres de otros, no puedo evitar pensar en vos y en la Maga Rocamadour, cuando le decía a su bebé: “Te escribo porque no sabés leer. Si supieras no te escribiría, o te escribiría cosas importantes”. No puedo evitar pensar en el esfuerzo que invertimos los adultos en hacer solemnes las cosas importantes, y en quitar importancia a las que realmente la tienen. Los adultos somos necios y obstinados. Estamos parados sobre un montoncito de creencias absurdas y certezas absolutas que defendemos con la vida, y muchas veces eso nos hace perder la perspectiva.

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El Aprendiz de Brujo y la trama secreta de la pequeña y mediana empresa

10 octubre 2009 5 comentarios

pinkythQue las grandes corporaciones quieren conquistar el mundo, cual Pinky & Cerebro, ya lo sabemos. Cualquiera que haya visto la última de James Bond o una serie astuta de la tele se da cuenta sin ningún esfuerzo. El problema es que han sido tan sigilosos, tan astutos y tan efectivos en su hacer, que han logrado tenernos engañados durante años mientras fijaban sus posiciones.

Consiguieron distraer a los ecologistas mandando a los japoneses a matar ballenas y a los canadienses a despellejar focas, mientras escondían al mundo los prototipos del coche que funciona con moco, el que funciona a base de restos de comida casera y otro más que anda con pilas doble a, no con el pretendido motivo de ganar montañas de dinero con el comercio de petróleo, sino para que los ecologistas tengan de qué quejarse y no descubran la verdad.

A los activistas por los derechos humanos los mantuvieron ocupados mandando a las empresas farmacéuticas a hacer ensayos clínicos peligrosos en áfrica, poniendo a trabajar a los niños chinos en sótanos sin aire y a los pequeños hijos pobres de las democracias occidentales y cristianas a limpiar cristales de coches propulsados por combustibles fósiles durante los semáforos en rojo. Sobre esta última actividad el Sindicato Mundial de Payasos lanzó una ofensiva a escala global, apostando agentes que hacen malabares y escupen fuego, con el propósito secreto de expulsar sin lucha a los limpiavidrios, mientras los conductores, extasiados, aplaudían sus gracias.

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Me gusta, no me gusta

8 octubre 2009 13 comentarios

cafe con sonrisa en la espumaMe gusta levantarme cuando aún es de noche, en invierno, y preparar un cappuccino con mucha espuma. Me gusta escuchar el sonido casi imperceptible de cada uno de los granitos de azúcar al penetrar en la espuma, hundiéndose lentamente. No me gusta el sedimento de melaza marrón que queda en el fondo de la taza cuando me termino el café.

Me gusta que una brisa suave me mueva el pelo, despacio, y sentir las puntas haciéndome cosquillas en las mejillas, como una caricia con finísimos dedos sin uñas. No me gusta que el viento se cuele por mi nariz y mi boca, dificultando el flujo normal del aire por las vías respiratorias.

Me gusta acariciar suavemente la piel de alguien a quien quiero, y me gusta que tenga diminutas perlas de sudor fresco, ese que huele al otro levemente, dejando adivinar su presencia en las yemas de mis dedos cuando retiro la mano. No me gusta el contacto físico violento, chocar con otra persona, contactar en diferentes puntos al mismo tiempo, en un caos instantáneo e imposible de traducir en un movimiento coordinado.

Me gusta el sabor a combustible suave que deja en la boca encender un cigarrillo con un encendedor cargado con bencina, como un aliento dulce y orgánico. Me gusta la primera bocanada de humo, sentir cómo se abre paso en mis pulmones, los recorre y los abandona, fluyendo lentamente por la nariz en un vaho de formas caprichosas. No me gusta adivinar cómo mis células pulmonares se corrompen y achicharran con cada calada, ni el rugir interno de mi respiración cuando intento dormir.

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